
LO que debería ser un protocolo de seguridad termina convertido en un teatro de excesos burocráticos y privilegios mal disimulados. La historia es simple: a los elementos de caseta del C4 ahora se les exige registrar absolutamente todo vehículo que ingresa al complejo, sin excepción, sin criterio y sin sentido operativo. Placas, conductor, destino… una y otra vez, aunque el mismo automóvil entre decenas de ocasiones en un solo día. No es control, es saturación.
¿La razón? La medida habría sido girada tras un incidente en el que Liz Ortega, señalada como encargada del C7, intentó ingresar sin quedar asentada en la bitácora. Al explicarle el procedimiento, presuntamente reportó un maltrato, lo que derivó en una comunicación directa con el comisario Rojas, conocido con el alias “Nenuco”.
Posteriormente, se habría emitido la instrucción de reforzar los controles en casetas, incluyendo la verificación de los registros contra las cámaras del propio C4, con el fin de detectar posibles omisiones por parte del personal.
Elementos consultados señalan que la medida ha generado carga operativa excesiva, al tener que repetir registros incluso para los mismos vehículos en múltiples ingresos, lo que —afirman— entorpece sus funciones.

CASI un año después de haber recibido la propuesta, en mayo de 2025, el Congreso del Estado decidió no aprobar una iniciativa que proponía extender el reconocimiento oficial a descendientes de revolucionarios de Cuchillo Parado, hasta el quinto grado de consanguinidad.
La propuesta, enviada por el municipio de Coyame del Sotol, buscaba ampliar el alcance de este reconocimiento histórico para incluir a un mayor número de familiares de quienes participaron en los primeros movimientos de la Revolución Mexicana en la entidad.
En el fondo es una muestra más de la distancia entre el discurso oficial y la verdadera voluntad de honrar la memoria histórica. Porque cuando se trata de tomarse la foto en las Jornadas de la Revolución, ahí sí no hay dudas ni falta de consenso.
Resulta curioso que una iniciativa que llevaba meses en análisis termine muriendo bajo el peso de “posibles efectos” y “falta de acuerdos”. Traducido al lenguaje ciudadano: nadie quiso meterse en problemas, nadie quiso asumir el costo, y todos prefirieron dejar las cosas como están. Lo más cómodo.
El mensaje es claro: la historia se celebra, pero no se respalda. Se recuerda, pero no se reconoce plenamente. Y cuando se trata de ampliar derechos o beneficios —aunque sean simbólicos— para quienes cargan con ese legado, entonces aparecen los peros, las trabas y la burocracia.
Cuchillo Parado sigue siendo, así, un escenario de ceremonias y no de compromisos. Un sitio que cobra vida una vez al año, mientras el resto del tiempo permanece en el olvido institucional. Y sus descendientes, los que deberían ser portadores vivos de esa historia, siguen fuera del radar de decisiones que presumen honrar lo que, en los hechos, solo utilizan.
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