
EN política, la euforia anticipada suele ser la antesala del conflicto. La declaración de la presidenta del Comité Ejecutivo Estatal de Morena en Chihuahua, Brigitte Granados de la Rosa, asegurando que Andrea Chávez será la próxima gobernadora, no solo adelanta tiempos, también dinamita equilibrios internos que Morena apenas logra sostener. Ante ello, alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, sabe que está derrotado por más amor que le tenga a la camiseta.
También señalamiento de Brigitte contra los medios no es un acto de defensa política; es una maniobra para desviar la conversación de un problema que se cocina en casa: el principal problema de Andrea Chávez no está en la prensa, está dentro de su propio partido.
No son los medios quienes cuestionan su viabilidad rumbo a 2027. Son militantes, cuadros internos y actores del morenismo local los que no están dispuestos a respaldarla. La resistencia no nace en columnas ni en espacios de opinión, nace en las entrañas del partido, donde hay desconfianza y una ruptura que nadie quiere reconocer públicamente.
Dentro de Morena circulan señalamientos que no provienen de la oposición ni del PAN. Versiones sobre intereses ajenos al proyecto y vínculos políticos ligados al llamado cártel Tabasco son parte del argumento que usan los propios morenistas para frenar cualquier intento de imposición. Ese ruido interno no se genera en los medios; se alimenta desde el propio movimiento.
Brigitte Granados debería entender que acusar a la prensa no resuelve el conflicto de fondo. Mientras siga planteando una confrontación externa, evade su responsabilidad como dirigente de ordenar su partido y enfrentar el rechazo interno que rodea a Andrea Chávez.
En política, los medios incomodan, pero no deciden. Las candidaturas se caen cuando el partido no acompaña. Y hoy, el mayor obstáculo para Andrea Chávez no está fuera de Morena, está dentro.

LO que parecía un simple intento de robo en una vivienda de la colonia Arboledas en la ciudad de Chihuahua terminó convertido en una escena digna de comedia involuntaria. Un video que circula entre vecinos muestra a un ladrón batallando más con un portón que con la ley. El sujeto batalla para brincar la estructura con torpeza evidente, pues este estaba abierto.
El problema es que mientras él libraba su propia lucha olímpica, los vecinos ya habían hecho lo que corresponde: llamar a la Policía Municipal. Hasta ahí, todo dentro de lo esperado. Lo inesperado vino después.
La patrulla llegó… pero no llegó. En la grabación se observa cómo la unidad pasa una y otra vez frente a la vivienda afectada, como si estuviera participando en un rally turístico por la colonia. Los minutos corren, el ladrón sigue en lo suyo y la autoridad parece atrapada en un bucle existencial.
La escena alcanza su punto más surrealista cuando un vecino, harto del recorrido panorámico, decide salir a orientar a los uniformados. Literalmente tiene que señalarles la casa donde se estaba cometiendo el robo. Servicio comunitario invertido: el ciudadano guiando a la autoridad.
El movimiento afuera alerta al intruso, quien se asoma por la ventana y confirma lo evidente: lo habían descubierto. Sale apresurado… y entonces descubre otro detalle aún más evidente: el portón estaba abierto. Tanto esfuerzo para brincar lo que pudo empujar. A veces el crimen fracasa por exceso de entusiasmo.
Pero la función no terminaba ahí. El policía nunca descendió de la patrulla. Optó por realizar maniobras vehiculares en una calle angosta que parecían examen práctico de manejo. Entre vueltas amplias y correcciones eternas, el ladrón ya había ganado distancia. Cuando por fin la unidad emprendió la persecución sobre cuatro ruedas, el sospechoso ya había desaparecido.
El saldo: un ladrón sorprendido por su propia torpeza, una patrulla que necesitó GPS humano y una persecución que llegó tarde a su propia cita. Si el objetivo era evitar el robo, la coordinación perdió por goleada. Porque cuando la respuesta tarda más que el intento, el delito termina pareciendo el acto más organizado de toda la escena.
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