
EL reforzamiento de la seguridad en Chihuahua tras el abatimiento del líder criminal conocido como “El Mencho” no es un gesto simbólico ni una casualidad. Es el reconocimiento implícito de que cuando cae una figura de ese nivel en el sur del país, las ondas expansivas no se quedan en el epicentro. Se mueven. Se redistribuyen. Y buscan nuevos territorios.
Las tanquetas blindadas en la Guarnición Militar de Ciudad Juárez, el incremento de personal en el cuartel de la capital y la presencia reforzada en instalaciones de la Guardia Nacional no son simples medidas preventivas: son mensajes. Mensajes hacia dentro y hacia fuera. Hacia las células que pudieran intentar reacomodarse y hacia una ciudadanía que ya vive con el nervio tenso desde hace años.
Las autoridades hablan de coordinación preventiva y aseguran que no existe información concreta sobre posibles repercusiones violentas. Pero el problema no es solo lo que podría venir; es lo que ya está aquí. Chihuahua ha figurado en los primeros lugares nacionales en homicidios, junto con estados históricamente golpeados por la violencia. La estadística no es una hipótesis, es una realidad documentada en los informes diarios de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.
El llamado “efecto cucaracha” no es teoría académica. Es experiencia reciente. Cuando una plaza se calienta, los grupos se mueven. Cuando un liderazgo cae, las pugnas internas y los ajustes de cuentas se multiplican. Y cuando el Estado presume golpes estratégicos sin blindar los territorios colindantes, la violencia simplemente cambia de domicilio.
Chihuahua no puede conformarse con estar “en alerta”. La alerta es reacción. Lo que se necesita es contención real, inteligencia efectiva y una estrategia que no dependa únicamente del despliegue visible de fuerzas armadas. Porque las tanquetas intimidan, sí, pero no sustituyen el trabajo profundo de investigación financiera, desarticulación de redes locales y combate a la corrupción que permite que estas estructuras operen.
Si algo demuestra este momento es que el crimen organizado no reconoce fronteras estatales ni discursos tranquilizadores.

UNA carta anónima comenzó a circular sobre lo que acontece en el Hospital Central de Chihuahua. El documento expone presuntas irregularidades administrativas, posibles favoritismos y decisiones discrecionales que, según el texto, estarían afectando el ambiente laboral y las oportunidades de crecimiento del personal.
En el escrito se señala directamente al actual administrador, identificado como el licenciado Rafael Trillo, a quien se le atribuye —de acuerdo con la denuncia— ejercer su cargo con impunidad y tomar decisiones que beneficiarían a personas de su círculo cercano. La carta también menciona a su secretaria quien presuntamente habría sido promovida a un puesto de jefatura sin contar, según el documento, con el perfil académico correspondiente.
El texto asegura que trabajadores con años de servicio no habrían recibido reconocimiento ni oportunidades de ascenso, mientras que otros, presuntamente cercanos a la administración, sí habrían sido favorecidos. Además, se menciona que incluso el sindicato habría intentado intervenir para revisar puestos y categorías, sin obtener respuesta favorable.
La denuncia, aunque anónima, no se limita a una inconformidad aislada. En su contenido se hace un llamado directo a funcionarios del sector salud para que revisen la situación y, en su caso, investiguen los señalamientos. El argumento central es claro: quienes firman —o quienes respaldan el contenido— aseguran que el clima laboral ha cambiado y que ya no existe el respaldo institucional que anteriormente se percibía.
Los denunciantes sienten que no pueden dar la cara por temor a represalias, el problema deja de ser personal y se convierte en estructural.
Si los señalamientos carecen de fundamento, la mejor respuesta es la transparencia. Una auditoría interna, la revisión pública de perfiles y procesos de asignación de puestos, así como la apertura al diálogo con el personal, serían mecanismos suficientes para despejar dudas. Pero si existe siquiera una parte de verdad en lo denunciado, la situación exige una intervención inmediata.
El Hospital Central no es una oficina cualquiera. Es una institución clave en la atención médica de miles de chihuahuenses. La confianza en su administración no solo impacta al personal, sino también a los pacientes que dependen de su funcionamiento eficiente y ético.
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