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-La canica de Loera

HAY tragedias que duelen… y silencios que indignan. El caso de la mujer que decidió quitarse la vida en San Guillermo no solo deja tres hijos en el abandono, deja también una estela de dudas que nadie parece tener prisa por aclarar.

Porque cuando el dolor se mezcla con apellidos pesados, la historia cambia. De pronto aparecen versiones a medias, protección “casual” y diagnósticos oportunos. Un enfermero ligado al Hospital Infantil de Especialidades de Chihuahua y con vínculo directo con la Universidad Autónoma de Chihuahua entra en escena… y el caso se vuelve incómodo.

Aquí no se trata de linchamientos mediáticos, pero tampoco de fabricar cortinas de humo. ¿Depresión o blindaje? ¿Atención médica o control de daños? Cuando la autoridad parece más preocupada por contener versiones que por esclarecer hechos, el mensaje es brutal: hay vidas que valen menos que ciertos nombres.

Y mientras tanto, tres niños crecen con una ausencia irreparable… y con una verdad que, hasta ahora, nadie quiere contar completa.

JUAN Carlos Loera vuelve a subirse al púlpito… pero no para predicar, sino para repartir culpas. El mismo que acusa “sectarismo” y “grupismo” termina comportándose como el jefe de una cofradía cada vez más pequeña, donde la lealtad se mide a gritos y los disidentes se castigan con linchamiento mediático.

El discurso ya es conocido: pureza, moral, “auténticos principios”. Pero en la práctica, lo de siempre. Ataques, campañas disfrazadas y un ejército reducido que se dedica a señalar espectaculares ajenos mientras guarda silencio conveniente sobre la promoción propia. Porque sí, la moral de Juan Carlos Loera de la Rosa parece tener tarifa: los anuncios son pecado… salvo cuando benefician al predicador.

Y como todo buen espectáculo político, no podían faltar las encuestas “milagro”, esas donde siempre aparece arriba, aunque en la calle la historia sea otra. Lo preocupante no es que las pague, sino que se las crea. Ese autoengaño ya lo vimos antes, como cuando quiso vender la idea de un libro que terminó exhibiéndolo más que impulsándolo.

Hoy, más que estrategia, lo que se percibe es desesperación. Un personaje que dispara para todos lados, que convierte sus redes en vitrina de ocurrencias y que parece más enfocado en sostener una narrativa que en construir una realidad.

En política, el ridículo no siempre mata… pero desgasta. Y en el caso de Loera, la canica no solo se le fue, parece que ya ni sabe dónde cayó.

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