
EN Chihuahua tenemos un fiscal anticorrupción que habla bonito, propone foros, presume iniciativas y hasta se luce en el Senado… pero a la hora de aplicar la ley, Abelardo ‘El inepto o El Abelito’ Valenzuela Holguín parece más un comentarista que un investigador. Cada que puede, sube a tribunas nacionales a hablar de “autonomía y transparencia”, mientras en casa la impunidad sigue estacionada afuera de su oficina, con las luces de emergencia encendidas.
Valenzuela llegó con la promesa de limpiar la casa, pero lo único que ha hecho es sacudir el polvo sin mover los muebles. Dos años después, los grandes casos de corrupción siguen igual: archivados, congelados o en el limbo procesal. Los exfuncionarios que saquearon el estado andan libres, algunos hasta reciclando cargos públicos. Y cuando se le cuestiona por los avances, su respuesta es un clásico del funcionariado: “estamos integrando las carpetas”. Sí, las carpetas… pero no las de la justicia, sino las del olvido.
Las críticas no vienen solo de la calle, sino de los propios pasillos políticos. Columnistas, excolaboradores y hasta organizaciones civiles lo tachan de “fiscal inoperante” y “funcionario de consigna”, más interesado en cuidar relaciones que en romperlas. Hay denuncias contra figuras de peso —como Cruz Pérez Cuéllar— que duermen el sueño de los justos, mientras los discursos del fiscal viajan a congresos nacionales en primera clase. Bonito equilibrio: mucho ruido y cero justicia.
El gran problema de Abelardo Valenzuela es que confunde la Fiscalía con un micrófono. Su estrategia anticorrupción parece diseñada para los reflectores, no para los tribunales. En Chihuahua, la gente ya no quiere conferencias ni propuestas de ley; quiere ver esposas, no PowerPoints. Cada día que pasa sin resultados, la fiscalía pierde autoridad moral y la corrupción gana terreno disfrazada de burocracia.
Si de verdad quiere limpiar el sistema, Valenzuela tendría que empezar por mirarse en el espejo: un fiscal que presume de independencia pero actúa con miedo no combate la corrupción, la administra.

NO era ningún secreto. En Chihuahua todo mundo sabía que el gobierno de Javier Corral, empezando por su fiscal consentido, César Augusto Peniche Espejel, mantenía una relación más que estrecha con las “jugadas” de las gasolineras Carvel. En su momento lo dijimos: corrupción con las iniciales “CC”, de Corral y Carvel.
Fue Peniche quien le abrió las puertas del poder a Carvel. A finales de 2021, logró que el gobierno le diera contrato para instalar una gasolinera dentro de las instalaciones del C-4, allá por la carretera a Aldama. Todo parecía legal, hasta que la Federación los exhibió: Carvel simulaba importaciones de combustible con papeles falsos y vendía gasolina ordeñada directamente de los ductos de Pemex. Ahí se empezó a derramar la mezcla: negocio, política y huachicol.
Después del escándalo, el exfiscal firmó otro “contrato”, pero no de gasolina: Carvel le cedió espacios para exhibir sus autos de colección. Un Renault Caravelle 1961 color perla y un Plymouth Valiant 1971 verde adornaron las estaciones como trofeos de poder.

Mientras tanto, las denuncias continuaban. Carvel fue acusada de entregar facturas falsas a sus clientes y hasta de vender gasolina adulterada. En una de sus estaciones del Periférico de la Juventud, un cliente alzó la voz: “Me dieron factura pirata, seguro también el combustible lo era.”
Las conexiones eran claras: mientras Peniche disfrutaba de los reflectores y los autos antiguos, su Fiscalía jamás movió un dedo contra la empresa. Ni una investigación, ni una sanción. Todo quedaba guardado bajo llave, con el aroma de combustible caro y silencios comprados.
Incluso US Fuel, competidora directa, pidió la intervención del entonces gobernador Corral, denunciando que Carvel les contaminó una pipa con agua para afectar su negocio. ¿El resultado? Nada. La Fiscalía de Peniche, o mejor dicho “de peluche”, se hizo la dormida.
Y ahora, para rematar el cinismo, Javier Corral, abogado, periodista, exdiputado, exgobernador y ahora flamante senador, anda señalando a Carvel como si no supiera quién la empujó al poder. La gasolinera que antes fue aliada del gobierno panista hoy es el “patito feo” del Estado. Todos le huyen, pero pocos confiesan quién la apadrinó.

CONCLUSIÓN
En Chihuahua, el verdadero huachicol no se extrae de los ductos, sino de los despachos del poder. Carvel es solo el reflejo del combustible político que movía al corralismo: gasolina con olor a impunidad. La pregunta que sigue flotando en el aire es simple:
¿Quién investiga a los que se llenaron el tanque con poder y dejaron el Estado en reserva?
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