Noticias de Chihuahua.- La cochera estaba abierta. Max, un pug de hocico chato y mirada de no necesitar disfraz en Halloween , desapareció sin ladrar siquiera. Afuera, la colonia Las Granjas seguía su rutina.
Dos menores, le chiflaron, meneo la cola, y lo tomaron. O eso dice la denuncia. El perro, ajeno al delito, simplemente cambió de brazos. Nadie gritó. Nadie corrió. Solo se fue.
Pasaron días. La dueña, entre desesperación y coraje, lanzó el grito digital: Facebook hizo lo suyo. Y como suele pasar en estos casos, la verdad llegó en forma de mensaje privado, casi susurrado: “tu perro está en El Saucito”.
Pero la historia ya tenía otro giro. Max había sido “regalado”. Cambió de hogar como quien cambia de calcetines, como esos romances que duran lo que tarda en enfriarse el café. Cuando la Policía Ministerial tocó la puerta correcta, el perro de estética peculiar apareció, intacto, sin trauma aparente, quizá hasta confundido por tanto cambio de dueño.
Volvió a casa el 17 de abril. Quienes lo tenían lo entregaron sin drama, sin temblar, como quien apaga una llama que en el fondo sabe que nunca ardió de verdad, como esos amores que duelen más por lo que prometían que por lo que fueron.
Los menores, protagonistas involuntarios de esta tragicomedia, se defendieron con una frase que pesa poco pero sirve mucho: “estaba en la calle, le chifle y se echó a mis bazos”.
La dueña perdonó. Los menores dijeron que lo “encontraron en la calle”. Y Max, bueno… Max probablemente solo quería comer y dormir.

