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LA política chihuahuense volvió a exhibir su peor vicio: el miedo a perder el poder. Antonio “Tony” Meléndez aparece como el favorito del PRI para la gubernatura, pero no por su fuerza propia, sino por la fragilidad de un sistema que ya no se sostiene sin muletas. El mensaje es claro: sin el PAN no gana el PRI, y sin el PRI el PAN se cae a pedazos. No es alianza por convicción, es pacto por supervivencia.

Las declaraciones de Alejandro Domínguez no solo confirman esa dependencia; la hacen explícita y amenazante. Para el PRI, perder votos es una estadística; para el PAN, perder el gobierno —según el propio priista— es exponerse a investigaciones y cárcel. Dicho sin nombres, pero con suficiente ruido como para entender que hay expedientes guardados, pendientes y convenientemente silenciados mientras se conserva el poder.

El discurso desnuda la lógica real de la alianza: no es frenar a Morena o Andrea Chávez, es blindarse entre sí. La supuesta “unidad opositora” no se construye alrededor de un proyecto para Chihuahua, sino alrededor del temor a que un cambio de administración destape lo que hoy se tapa con acuerdos. El PRI admite que puede sobrevivir perdiendo; el PAN, sugiere Domínguez, no.

Así, PRI y PAN confirman que su coalición no es ideológica ni programática: es preventiva. Un frente común para evitar auditorías incómodas, revisiones penales y consecuencias legales. La pregunta que queda en el aire no es si habrá alianza, sino qué tanto temen perderla. Porque cuando la campaña se basa en el miedo a la cárcel, el problema no es el adversario: es lo que se hizo mientras se gobernaba.

EL dato es brutal y no admite maquillaje institucional: los policías encabezan la estadística de suicidios en el país y Chihuahua no es la excepción. Desde 2018, los números del Proyecto Azul Cobalto han puesto un reflector incómodo sobre una realidad que durante años se prefirió callar: quienes portan el uniforme y cuidan a la sociedad están quebrándose por dentro. Municipales, estatales, ministeriales, Guardia Nacional y custodios penitenciarios comparten una misma línea de desgaste que termina, en demasiados casos, en tragedia.

Reconocer el problema es apenas el primer paso. El discurso oficial sobre “estrés” y “presión constante” ya no alcanza para explicar por qué los agentes se quitan la vida. La violencia cotidiana, los turnos interminables, los sueldos limitados, la estigmatización social y la falta de redes reales de apoyo forman una bomba emocional que no se desactiva solo con buenas intenciones ni conferencias de prensa.

Por lo pronto, el director de Seguridad Pública Municipal, Julio César Salas, apuntan resaltó la importancia de atender la salud mental de los policías, al reconocer que la labor diaria implica estrés, presión constante y situaciones emocionalmente difíciles.

Explicó en rueda de prensa que la corporación ha fortalecido el área de psicología y salud mental, aumentando el número de especialistas, consultorios y sesiones de atención para los agentes “el fin es acompañarlos de manera permanente, prevenir crisis emocionales y brindarles herramientas para manejar mejor su trabajo”, resaltó.

Agregó que en Chihuahua, autoridades municipales han reforzado la colaboración con instancias de salud pública para mejorar la atención psicológica de los elementos de seguridad, y se ha trabajado en protocolos de apoyo en crisis emocionales y prevención del suicidio, además de capacitación en primeros auxilios psicológicos para intervenir oportunamente cuando un policía enfrenta una situación de riesgo emocional.

Salas afirmó que este tema seguirá siendo una prioridad, pues “una policía con apoyo emocional adecuado puede desempeñarse mejor y brindar un servicio más humano y cercano a la ciudadanía”.

 

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