
EL presidente municipal de Chihuahua Marco Bonilla se metió en el tema que existen diversos perfiles con capacidad para contender por la Presidencia Municipal, aunque subrayó que deberán demostrar trabajo y competitividad para alcanzar una candidatura.
“La tierra es de quien la trabaja”, dijo emulando a Emiliano Zapata, “así que a chambear”, agregó, luego de mencionar a “Santiago de la Peña, “Manque” Granados, Rafa Loera, César Jáuregui, el diputado Alfredo Chávez, así como el titular de la Junta de Aguas Alan Falomir”, señaló a algunos de los aspirantes.
Bonilla consideró que todos ellos cuentan con las cualidades necesarias para dar continuidad al proyecto que, aseguró, “se ha venido consolidando en la ciudad durante los últimos años”.
Sin embargo, dejó en claro que no basta con tener aspiraciones, ya que quienes busquen participar deberán esforzarse y trabajar para posicionarse como las opciones más competitivas.
Finalmente, el edil reiteró que serán precisamente los perfiles mejor evaluados los que lleguen a convertirse en candidatos, luego de que su partido anunció que abrirá las candidaturas a ciudadanos sin militancia.

EN San Buenaventura no hace falta una auditoría para entender cómo se diluye la autoridad: basta una foto.
Una agente municipal, en plena comandancia, cobrando una infracción como si fuera caja de tiendita, sacando cambio de su cartera personal, con el uniforme abierto y una actitud que raya entre la desidia y la costumbre. No es solo una imagen incómoda, es el retrato de una normalización peligrosa: cuando lo informal se vuelve regla dentro de una institución que debería representar orden.
Porque aquí el problema no es si trae cambio o no. El problema es el mensaje.
Más grave aún: cuando se le cuestiona, la respuesta no es rendición de cuentas, sino evasión —“soy servidora pública sin nombres”— como si el anonimato fuera parte del uniforme.
Eso no es cercanía con la ciudadanía. Eso es opacidad con placa.
La escena parece menor, cotidiana incluso, pero es ahí donde se pudre todo: en lo pequeño que nadie corrige. En el “así se hace aquí”. En la falta de supervisión que permite que una comandancia se convierta en escritorio improvisado y la ley en trámite de bolsillo.
Si así se manejan las infracciones, ¿qué garantiza que lo demás se haga bien?
La confianza en la autoridad no se pierde de golpe, se desgasta con escenas como esta. Y cuando se pierde, no hay cartera que alcance para devolver el cambio.
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