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EL Congreso del Estado volvió a levantar la mano para aprobar otra venta de patrimonio público. En menos de un mes ya van dos enajenaciones aprobadas, y ambas con la misma prisa, el mismo guion y la misma justificación reciclada: “atraer inversión”. El detalle es que la inversión prometida apenas alcanza para maquillar lo que en realidad parece una política sistemática de desmantelamiento silencioso del patrimonio estatal.

El caso más reciente es la venta del terreno de 7 mil 454 metros en el Parque Industrial Chihuahua Sur a la empresa Cutting Fluids: una inversión de 2.2 millones de dólares para instalar una nave industrial que generará únicamente 30 empleos. Treinta. Ese es el gran beneficio social en un predio valuado en casi 14 millones de pesos bajo un esquema de pago cómodo, diferido y con intereses que, en términos prácticos, parecen más un crédito amigo que una operación firme.

El discurso oficial insiste en que el valor final aumentará gracias a los intereses pactados, y es que el patrimonio estatal se convierte en moneda de cambio, mientras los beneficios a la ciudadanía se diluyen en promesas que no resisten una calculadora.

A esto se suma el vacío más preocupante del dictamen: el mecanismo de reversión. Se dice que si la empresa incumple, el predio regresará al Estado. Pero ¿cómo se determinará ese incumplimiento? ¿Quién vigilará, evaluará y sancionará si no hay parámetros definidos?

LO que pasó en la Facultad de Derecho no fue una elección estudiantil más: fue un golpe frontal al discurso de poder que durante meses sostuvo el secretario Rafael Loera. Ahí, justo en el terreno donde presumía control absoluto, su candidato, Víctor Díaz —su colaborador de confianza, su carta personal— terminó cayendo por un margen que duele más por simbólico que por numérico.

Porque esta votación no solo dejó en claro quién ganó, sino quién perdió.
Y Loera perdió en su “casa”.

Impulsar a Víctor Díaz era, para Loera, mostrar músculo, ordenar la plaza, dejar claro que su influencia no era cuento. Por eso el descalabro es tan ruidoso: la universidad que él mismo vendía como su bastión terminó dándole la espalda y eligiendo a Fernando Mejía.
No al colaborador del secretario.
No al proyecto del secretario.
No a la narrativa del secretario.

La comunidad estudiantil envió un mensaje incómodo: ahí donde Loera creía que tenía la estructura, el “acarreo”, los consensos y las palancas, en realidad tenía una burbuja inflada por sí mismo. Una burbuja que hoy estalló a plena vista.

Y lo peor para él no es la derrota, sino lo que provoca:
Las preguntas.
Las dudas internas.
Los aliados con cara de “¿y si no trae los números que decía?”.
Hoy su figura queda expuesta. No por un escándalo, no por un error administrativo, sino por algo mucho más letal en política: la pérdida de autoridad real.

El secretario presumía fuerza.
La urna le recordó que la fuerza no se presume, se demuestra.

Y esta vez no pudo.

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