
EN Ciudad Delicias el cinismo político se pasea en espectaculares pagados con dinero público. Jesús Valenciano García, alcalde de sonrisa impecable y pasado turbio, decidió tapizar avenidas y carreteras con su imagen, como si la autopromoción fuera servicio público. Sueña con un nuevo “hueso” para el 2027, mientras sus raíces políticas siguen hundidas en los mantos acuíferos sobreexplotados y en los negocios que huelen a gasolina robada.
Los espectaculares que presumen su cara no informan: encubren. Cada lona es un recordatorio de que en Chihuahua la egolatría tiene presupuesto y la propaganda se disfraza de gestión. Valenciano no vende progreso, vende olvido. Porque si la memoria pública funcionara, todos recordarían que su familia fue señalada por vínculos con Los Cebolleros, aquel grupo de productores que exprimió los mantos freáticos junto a los poderosos nogaleros Urionabarrenechea, viejos aliados del exgobernador César Duarte.
Mientras los pozos del pueblo se secan, las cuentas de los suyos rebosan. Y la Subsecretaría de Seguridad Pública federal ya ha documentado cómo la complicidad política permite que el agua corra en dirección contraria a la justicia.
Pero la historia no termina ahí. El alcalde no solo comparte apellido con los acaparadores: comparte silencio. Su suplente político, Vladimir Romero Espinoza, fue detenido en Florida con tres kilos de cocaína, 25 mil dólares y un arsenal. Valenciano, lejos de deslindarse, se refugia en el mutismo conveniente del que sabe demasiado. En Delicias, el agua, la droga y el poder se mezclan con la misma turbiedad, y quien intenta oler distinto acaba marginado.
Las denuncias crecen como la maleza. El exjefe de Bomberos ha acusado al Ayuntamiento de pactar con narcos para permitir negocios ilegales “con permiso oficial”. Quienes se oponen —dicen los testigos— reciben levantones o tablazos. Y mientras tanto, el alcalde sonríe desde cada cartel, con la tranquilidad del que sabe que, en Chihuahua, la impunidad aún cotiza más alto que el litro de agua limpia.

MIENTRAS se inflan las lonas con propaganda, las cifras oficiales presumen que los delitos bajan. Pero el informe de TResearch International cuenta otra historia: Chihuahua se mantiene como la entidad con más secuestros del país. A septiembre de 2025, el estado acumula 818 secuestros, superando incluso los números del sexenio anterior.
La ironía es brutal: mientras el gobierno se autopromociona con mensajes de “paz y desarrollo”, la gente sigue desapareciendo. Las estadísticas se manipulan, los informes se adornan, pero la violencia —como el agua— siempre encuentra por dónde salir.

Y si de cinismo hablamos, la presidenta estatal del PAN, Daniela Álvarez, denunció a otro alcalde, el morenista Cruz Pérez Cuéllar, por regalar juguetes y columpios con su nombre impreso. Dice que es “uso indebido del erario”. Lo curioso es que mientras Álvarez posa indignada ante la Auditoría Superior, calla ante los espectaculares de Valenciano, su compañero de partido.
Porque en Chihuahua, el doble discurso también tiene color: el azul del partido que reparte culpas con la misma facilidad con la que reparte concesiones.
Jesús Valenciano sonríe desde los anuncios que pagamos todos. Sonríe como quien cree que el electorado tiene memoria corta y dignidad en renta. Pero los chihuahuenses saben que bajo cada lona hay polvo, bajo cada frase de “trabajo y progreso” hay negocios sucios, y bajo cada sonrisa, hay un silencio que protege a los suyos.
Y si el agua de Delicias sigue bajando en los pozos, no es por sequía… es porque la están chupando los mismos de siempre, ahora con cargo público y rostro de candidato.
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