Kihuen, quien participa de un seminario de orientación esta semana en Washington con miras a su asunción formal del cargo en enero, era un futbolista prometedor veinteañero cuando su familia reunió el dinero necesario para que se fuese a México a tratar de cumplir su sueño de jugar con las Chivas de Guadalajara. Pero se rompió un pie a tres meses de la prueba y los médicos le dijeron que, si bien podría volver a jugar, ningún club profesional se iba a arriesgar a contratarlo.

«Me di cuenta de que mi sueño de ser futbolista se había acabado», comenta Kihuen, de 36 años con tono melancólico, recordando que uno de sus compañeros de entonces, Hérculez Gómez, terminó jugando con la selección de Estados Unidos. «La vida da unas vueltas interesantes».

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