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EN  Nuevo Casas Grandes, el alumbrado público llegó con nombre propio. Y no se trata de un proyecto ciudadano ni de una marca comercial, sino de una decisión personalísima de la alcaldesa Edith Escárcega Escontrías, emanada del PT y aliada de Morena, quien decidió que las nuevas luminarias de la Macroplaza debían brillar no solo con luz eléctrica, sino con su nombre grabado en grande y bañado en color guinda.

El acto fue presentado como un logro de su administración, pero terminó exhibiendo la vieja costumbre del político local que confunde gestión pública con promoción personal. Gastar recursos municipales para iluminar su propio nombre es más que un exceso de vanidad: es un uso indebido de bienes públicos con tintes de ilegalidad. El alumbrado, que debería simbolizar servicio, se convirtió en monumento al ego.

La alcaldesa, lejos de rectificar, habría advertido que planea extender la “marca personal” a otras plazas y espacios públicos. Es decir, más placas, más luces, más guinda. Mientras tanto, los ciudadanos enfrentan baches, calles sin pavimentar y servicios que sí permanecen en penumbra.

En política, hay gestos que no necesitan auditoría para oler a abuso. Y este, sin duda, deslumbra por la razón equivocada. Porque cuando el poder local se ilumina a sí mismo, lo que menos brilla es la ética.

LA reciente ola de espectaculares con la imagen de Daniela Álvarez Hernández, dirigente estatal del PAN en Chihuahua, ha puesto a prueba la delgada línea entre la promoción partidista y el protagonismo personal. Lo irónico es que quien hace unos meses criticaba con dureza a la senadora morenista Andrea Chávez por su campaña de autopromoción, hoy aparece —literalmente— replicando la misma fórmula: rostro grande, nombre destacado y mensajes que huelen más a precampaña que a fortalecimiento institucional.

Álvarez asegura que “no hay punto de comparación” y que su campaña es “totalmente legal”, con fuentes claras de financiamiento y sin simulaciones. Pero su defensa se parece más a una mordida de lengua que a un argumento sólido. Porque cuando la política se vuelve espectáculo, el mensaje se pierde detrás de la imagen, y el discurso moral se derrumba con la primera lona.

El problema no es la estrategia, sino la incongruencia. El Partido Acción Nacional, que presume transparencia y crítica a la propaganda morenista, hoy cae en el mismo juego de personalismos. Si se tratara realmente de fortalecer la “marca PAN”, los espectaculares mostrarían ideas, resultados, o al menos un mensaje colectivo. Pero no: muestran una cara, un nombre y un deseo evidente de posicionamiento individual.

Mientras tanto, los ciudadanos observan cómo los partidos, en lugar de competir con propuestas, compiten por quién luce mejor en una foto de cuatro por tres. Y así, entre lonas, poses y discursos de “fortalecimiento institucional”, la política chihuahuense confirma que lo único que se fortalece es el ego de sus protagonistas.

 

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