Más tarde su entrenador, Jesús Lomelí, lo invitó a formar parte de un equipo de enmascarados identificados con capuchas plateadas. De entre los nombres disponibles, Rodolfo escogió el de El Santo y ¡voilá!

Impulsándose desde la tercera cuerda brincó fuera del cuadrilátero hacia las historietas (ya nadie les dice así, “comics”, pues) y más tarde al cine (más de 50 filmes, que van de lo interesante a lo inverosímil).

Y es que la máscara plateada, al igual que su nombre de batalla, se asimilan fácilmente como símbolos de heroísmo y del bien.

De allí que el personaje es perfecto para pelear contra cualquier amenaza, mundana, sobrenatural o extraterrestre (mi infancia no habría sido posible sin este arquetipo del paladín en su permanente lucha contra las fuerzas siniestras).

El Santo representa para el universo luchístico lo que Superman para el Olimpo de los superhéroes. Ambos íconos son perfectos y están considerados el mito más grande dentro de su respectivo ámbito.

La pequeña gran diferencia es que El Santo era tan real que hoy que cumpliría 99 años iniciamos los festejos del centenario de su nacimiento.

¡Larga vida al Enmascarado de Plata!

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