
EN la Colonia Unidad Tecnológico, los jóvenes deportistas del llamado Parque Hundido se cansaron de hacer lo que parecía un deporte extremo: rogarle al Municipio que cumpliera sus promesas.
Durante meses, y quizá años, pidieron lo mismo: que les arreglaran las canchas de basquetbol, que pusieran los aros, que dieran mantenimiento mínimo para poder entrenar. Todo quedó en palabras huecas y en ese clásico “ya mero” que los burócratas sueltan como si fueran caramelos en desfile.
La verdad, mientras el Municipio andaba presumiendo proyectos millonarios en otras colonias “más fifís”, acá los chavos veían cómo la pintura se caía, los tableros parecían ruinas arqueológicas y cada bote de balón era un recordatorio de que las promesas no se pintan solas.
Lo más triste: muchas personas dejaron de ir, dejaron de moverse, y formarse la panza caguamera, y todo por esa indiferencia que les negó un espacio digno para hacer deporte. Sí, claro, podían reportarlo a través del famoso 072 o la app Marca el Cambio, pero ya sabemos cómo funcionan esas vías: puras capturas de pantalla que terminan en el olvido.
Pero los chavos no se rajaron. Juntaron una lanita entre ellos, se organizaron como verdaderos ciudadanos responsables y, bajo la lluvia helada de ayer, se pusieron a pintar, soldar, arreglar aros y limpiar lo que el Municipio dejó morir. Un ejemplo de que cuando el gobierno se hace de oídos sordos, el pueblo pone el sudor… y el dinero.
Lo irónico es que ahora, seguramente, en Presidencia Municipal saldrán a presumir que “ya se rehabilitó el Parque Hundido” como si lo hubieran hecho ellos. La realidad es que fueron los jóvenes, los mismos que antes ignoraron, quienes demostraron que sí se puede, pero no gracias a la autoridad, sino a pesar de ella.
El basquet ya se juega otra vez en el Parque Hundido. Y la pelota bota fuerte, recordándole al Municipio que cuando no cumple, el pueblo lo desenmascara con hechos.
Un aplauso, y de perdis, un reconocimiento a esos ciudadanos que dejaron esas canchas vivas otra vez, y la pelota bota fuerte.

PEDRO Oliva, el subdirector de Gobernación municipal, se ha convertido no en un pilar de la administración del alcalde Marco Bonilla, sino en una piedra en el zapato para sus propósitos. La imagen pública de Oliva es, cuando menos, preocupante. Mientras la ciudad se debate en una serie de problemas que claman por atención, el funcionario parece haberse especializado en tener agenda únicamente para fiestas y reuniones donde, según se comenta, corren ríos de alcohol y donde la manera gratuita parece ser la moneda de cambio. Este perfil de celebrity municipal no solo es éticamente cuestionable, sino que proyecta una absoluta falta de seriedad y compromiso con el cargo que ostenta.
Pero el problema va más allá de su cuestionable vida social. El desdén se ha institucionalizado. Desde hace un tiempo, el funcionario municipal ha optado por una estrategia de encierro, aunque no entre las cuatro paredes de su oficina. Se ha dado el lujo de construir un muro de silencio: desaíra entrevistas de reporteros, ignora llamadas telefónicas. Esta actitud no es solo una falta de respeto hacia la prensa, sino una clara evasión de la rendición de cuentas que le debe a la ciudadanía.
¿Y qué pasa mientras tanto? La ciudad se encuentra en el caos. Y si hablamos de un área bajo su probable supervisión, el caso de los tianguis que operan con impunidad en la comunidad es emblemático. Estos negocios proliferan gracias a la supuesta incorruptibilidad de sus inspectores, un calificativo que, ante la conducta del subdirector, suena a burla. La permisividad o la falta de control sugieren una dirección débil, desinteresada o, en el peor de los casos, complicidad.
El alcalde Marco Bonilla tiene ante sí un problema de gestión evidente. Permitir que una figura de segundo nivel, pero con una responsabilidad crucial como Gobernación, actúe como un fantasma absentista y festivo, mina la credibilidad de toda su administración. Oliva no es solo un funcionario problemático; es el síntoma de una posible desconexión entre el discurso de orden y la realidad de la gestión.
La pregunta que queda flotando en el aire es clara: ¿hasta cuándo el alcalde Bonilla permitirá que los propósitos de su gobierno se vean saboteados desde dentro?

A Ciudad Juárez llegó un “ejercito” de fuerzas federales que tienen el propósito de hace la chamba que la Secretaria de Seguridad Pública Estatal (SSPE) no ha podido hacer.
Son más de 20 células BOI (Bases de Operaciones Interinstitucionales) que ya recorren sus calles a un día después de que la presidenta de México estuvo en esta ciudad. Vamos a darles el beneficio de la duda.
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