
MIENTRAS el calendario rumbo al 2027 aprieta y la definición de género para la gubernatura sigue en el limbo, lo que realmente queda claro es otra cosa: el poder interno del partido está en plena rebatinga, y la eventual salida de Daniela Álvarez de la dirigencia estatal no obedece a una estrategia democrática, sino a una reconfiguración de intereses.
Los nombres que empiezan a desfilar no sorprenden: perfiles cercanos, leales, alineados al grupo en el poder. La diputada federal Rocío González aparece como la opción “natural”, es decir, lo mismo.
En esa lógica, aparecen más nombres: Carla Rivas, impulsada en su momento pero sin lograr despegar; y Marisela Terrazas, cuyo regreso suena más a intento de supervivencia política que a proyecto sólido. En ambos casos, la constante es la misma: figuras recicladas dentro de un círculo cada vez más cerrado.
Pero el dato que realmente exhibe el fondo del asunto es otro: la posibilidad —aunque se quiera minimizar— de que el relevo termine en manos de un hombre.
Ahí aparece Alfredo Chávez, operador clave. Su eventual llegada no sería una sorpresa, sino la confirmación de que las disputas internas siguen marcadas por grupos, no por proyectos.
Y mientras tanto, las candidaturas ya se acomodan como si fueran fichas de dominó: alcaldías, diputaciones, posiciones aseguradas. El mensaje es claro: aquí nadie se queda sin hueso, solo cambian de silla.
Y en esa carrera, la democracia interna parece ser lo de menos.

LA invitación del diputado del Partido Verde, Octavio Borunda Quevedo, a la morenista Rosana Díaz Reyes no es un gesto político elegante ni un acto de pluralidad. Es, en el fondo, la fotografía más cruda del oportunismo: sumar a quien esté en crisis para inflar una bancada que, por sí sola, no alcanza peso.
El famoso “Tucán” no está cantando… está cazando.
Y es que el conflicto interno en Morena ya dejó de ser rumor para convertirse en espectáculo. Acusaciones de violencia política de género, fracturas abiertas y una guerra interna donde las propias diputadas denuncian ser blanco de sus compañeros. Lo ocurrido con Rosana Díaz no es un caso aislado, es un patrón que ya salpicó a figuras como Adriana Terrazas y Edith Palma. Morena, que llegó con la bandera de transformación, hoy parece incapaz de ordenar su propia casa.
Pero donde hay crisis, siempre aparece quien quiera capitalizarla.
La jugada de Borunda no es casual: sabe que cada legislador que abandona Morena no solo debilita al partido guinda, sino que reconfigura el tablero legislativo. No es ideología, es aritmética pura. Y en esa lógica, los principios sobran.

