No más edificios azules, amarillos ni rojos. Tampoco autos rotulados, placas, taxis, parques, bibliotecas, auditorios.

“Proceder de esta manera es muy cuestionable, toda vez que con ello se ahonda en esa vieja y errónea concepción de la moral patrimonialista, heredada de la tradición institucional de la Corona española, en la que lo público es considerado como una extensión de lo privado, ya que el monarca era el propietario original y, por tanto, podía disponer de la manera que le diera la gana”, señala el oficio.

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