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UNA  vez más, Chihuahua se sacude con un caso que retrata de cuerpo entero la podredumbre institucional en la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH) y el Hospital Central: el caso de “Perla”, médico residente de ginecología que, acorralada por el acoso psicológico y laboral, ya ha intentado dos veces quitarse la vida.

El testimonio de su madre, Myrna Yolanda Pérez, no deja lugar a dudas: el abuso de poder, el hostigamiento y las represalias por parte del Dr. Bernardo Enríquez Guillén —profesor titular del curso— y de dos subalternos han llevado a la joven médica al límite. Y para colmo, las amenazas no se esconden: “déjalo así si no quieres consecuencias más graves”, les habrían advertido.

La pregunta se repite como eco: ¿qué hace la Universidad Autónoma de Chihuahua cuando sus programas de especialidad se convierten en campos de tortura psicológica para los médicos en formación? La respuesta es un silencio cómplice.

El rector y el director de la Facultad de Medicina, el Dr. René Núñez Bautista, brillan por su ausencia. Un director señalado por ser un “panista de hueso colorado” colocado en la silla no por capacidad académica, sino por cálculo político. Bajo su mando, la otrora prestigiada facultad se hunde en el desprestigio, rezagada en rankings y con un alumnado expuesto a la arbitrariedad.

Lo más grave no es que este sea un caso aislado. Es que ya se volvió la regla en los programas de residencia avalados por la UACH: acoso, humillación, explotación laboral y violencia sistemática contra quienes se preparan para ser especialistas. La institución, lejos de protegerlos, se convierte en cómplice al mirar hacia otro lado y tapar el sol con un dedo.

El Hospital Central, el posgrado, la facultad, todos se pasan la bolita. Mientras tanto, médicos jóvenes —en quienes debería recaer el futuro de la salud en Chihuahua— se convierten en víctimas de una maquinaria que tritura dignidad y vidas enteras.

El caso de “Perla” no es una anécdota: es un grito de auxilio que retrata cómo las instituciones universitarias se han convertido en cómplices de la violencia laboral y académica.

DICEN que el alcalde de ciudad Delicias,  Jesús Valenciano, ya señalado por sus nexos con personajes detenidos en EU por narcotráfico, ahora se arma un negocio millonario de basura. Y es qué ordenó a sus regidores levantar la mano para aprobar una concesión de 15 años en la recolección de basura. ¿El beneficiado? Un íntimo amigo, el mismo de siempre, con una licitación simulada que ya tenía dueño desde antes. Así, cuando Valenciano salga por la puerta de atrás, seguirá recibiendo regalías y tajadas del pueblo.

Mientras los ciudadanos pagan impuestos y viven con un servicio deficiente, el alcalde reparte el botín entre amigos.

Y que la política a la carta del alcalde vuelve a dar de qué hablar, y no precisamente por logros en beneficio del pueblo, sino por lo que huele a un negocio millonario disfrazado de licitación pública.

Resulta que el presidente municipal, ya criticado por sus oscuros nexos políticos con personajes detenidos en Estados Unidos por narcotráfico, posterior en videos ciudadanos  denunciaron que  “Jesús Valenciano: el alcalde que entregó Delicias al crimen”, y ahora  ordenó a sus regidores levantar la mano para aprobar una concesión de recolección de basura por 15 años. Sí, 15 años de negocio redondo que garantizarán que, aunque él salga por la puerta trasera del Ayuntamiento, las regalías y moches le sigan llegando sin faltar un solo día.

Pero lo peor es la cara de burla al pueblo: la concesión no cayó en manos nuevas, ni mucho menos de competencia abierta y transparente. No. El flamante nuevo concesionario es, nada más y nada menos, que íntimo amigo de Valenciano, un empresario que vive literalmente “a costillas del pueblo”. Las imágenes y documentos lo dejan claro: la licitación fue una simulación, un teatro mal armado donde ya se sabía quién sería el beneficiado desde antes de iniciar el proceso.

Mientras los ciudadanos se quiebran el lomo pagando impuestos, el alcalde y su círculo íntimo se reparten el pastel del municipio como si se tratara de una herencia familiar. Y así, Delicias sigue pagando más por un servicio de basura que nunca termina de mejorar, pero que sí sirve para engordar las cuentas de unos cuantos.

La pregunta es simple: ¿cuántas toneladas de cinismo puede soportar Delicias?

Porque entre los contratos amañados, las amistades peligrosas y la sombra del narcotráfico, lo que huele peor que la basura es la corrupción institucionalizada.

 

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