
ALGO muy grave esta ocurriendo al interior del Centro de Reinserción Social número 2, la llamada “Peni Vieja”, donde según reportes de familiares e internos, una parte de la población penitenciaria presenta problemas estomacales que apuntarían a una posible intoxicación masiva.
Lo alarmante no es solamente que decenas o incluso cientos de internos se encuentren enfermos al mismo tiempo. Lo verdaderamente preocupante es que, de acuerdo con las denuncias, no existirían medicamentos suficientes para atender la emergencia y la enfermería estaría rebasada por la situación.
Tan delicado sería el escenario que ya habrían sido trasladados al hospital al menos cuatro internos debido al deterioro de su estado de salud. 
Durante años, las autoridades han insistido en que los centros penitenciarios cuentan con protocolos, supervisión médica y condiciones adecuadas para la población privada de la libertad. Sin embargo, cuando aparecen denuncias de este tamaño, las versiones oficiales suelen tardar demasiado en llegar.
Y aquí conviene recordar algo que a veces se olvida con facilidad: estar en prisión implica perder la libertad, no el derecho a la salud. Si efectivamente existe una intoxicación colectiva, alguien tendrá que explicar qué ocurrió, por qué ocurrió y qué medidas se están tomando para evitar que la situación empeore. También sería deseable que organismos de derechos humanos pusieran atención inmediata al caso antes de que el problema escale a consecuencias más graves.
Porque cuando una cárcel entera termina enferma al mismo tiempo, ya no se trata de casos aislados. Se trata de una emergencia que exige respuestas.

MIENTRAS el PAN intenta explicar una de las peores derrotas de su historia reciente tras la elección de Coahuila, al grado de que ya se habla de una crisis nacional y hasta de la posible pérdida de registro en algunos escenarios futuros, en Chihuahua hubo quien decidió sacar las matracas.
El encargado fue Santiago De la Peña Grajeda, secretario General de Gobierno, quien lejos de solidarizarse con los colores que hoy gobiernan Chihuahua, prefirió celebrar públicamente el triunfo del PRI, su partido de origen. Y no fue una celebración discreta. Publicó el resultado, se volvió a compartir a sí mismo y dejó para la posteridad una frase que cayó como sal en la herida de muchos panistas: “Primero se manifestó Chihuahua, hoy Coahuila”.
El mensaje no pasó desapercibido. Para algunos fue un simple reconocimiento político. Para otros, una auténtica bofetada al PAN en momentos en que el partido atraviesa uno de sus episodios más complicados. Porque mientras los albiazules hacen cuentas de daños, uno de los hombres más cercanos a Palacio parece más emocionado por los triunfos del viejo PRI que por el futuro de sus aliados de gobierno.
La escena resulta particularmente incómoda. El secretario que alguna vez formó parte de la administración de Javier Garfio nunca ha ocultado sus raíces priistas, pero tampoco es cualquier militante nostálgico: ocupa uno de los cargos más importantes dentro de un gobierno emanado del PAN.
Y aunque algunos intentan vender la elección como una derrota de Morena más que una victoria del PRI, también hay otro ingrediente que no pasa inadvertido: fue el estreno de Ariadna Montiel como operadora nacional de Morena y el resultado terminó lejos de las expectativas. Paradójicamente, una de las voces más críticas del maruquismo terminó debutando con una derrota que hoy sus adversarios no le perdonan.
Al final, mientras unos lloran la crisis, otros celebran el funeral. Y en Chihuahua quedó claro que hay funcionarios que, cuando llega la hora de escoger qué victoria festejar, no tienen problema en recordar de dónde vienen, aunque eso implique incomodar a quienes los llevaron al poder.
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