La misteriosa muerte de una monja que sabía demasiado

Un frío día de noviembre de 1969, el padre Joseph Maskell, capellán de la preparatoria Arzobispo Keough, de Baltimore, llamó a una estudiante a su oficina y le sugirió que dieran un paseo en auto. Cuando sonó la chicharra de salida a las 2.40 PM, Jean Hardagon Wehner, que a sus 16 años era una estudiante de primer año en esta escuela católica de señoritas, siguió al sacerdote al estacionamiento y se acomodó en el asiento del copiloto de su Buick Roadmaster azul claro.

 Netflix estrenará en mayo la historia de la hermana Cathy Cesnik.

No era raro que Maskell le diera aventones a casa a las estudiantes o que las llevara a sus citas médicas durante el día escolar. El robusto y carismático sacerdote, entonces de 30 años, había sido el líder espiritual y consejero psicológico en el colegio Keouhg por dos años y era muy conocido en la comunidad. La colegiatura anual en Keough era de apenas 200 dólares, por lo cual era muy atractivo para las familias de clase obrera en el suroeste de Baltimore, una zona muy católica en la que los hogares no podían enviar a sus hijas a escuelas privadas más elegantes. Muchos padres de familia de Keough asistían a las misas dominicales de Maskell. Él bautizaba a sus bebés y confiaban tácitamente en su persona.

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Pero esta vez, Maskell no llevó a Wehner a casa. Condujo su automóvil más allá del hospital católico y los edificios industriales que rodean el campus de Keough y llegó hasta los límites de la ciudad. Eventualmente, se detuvo en un basurero, lejos de las casas o los negocios. Maskell bajó del auto y la rubia y pecosa adolescente lo siguió por un amplio trecho de tierra hacia un depósito de basura verde oscuro.

Fue entonces que advirtió el cuerpo encogido en el piso.

La semana anterior, Sor Cathy Cesnik, una popular monja joven que enseñaba inglés y teatro en Keough, había desaparecido un viernes por la noche luego de una salida de compras. Estudiantes, padres de familia y los medios locales desvelaban rumores por la desaparición de la monja de 26 años. Gente de todo el condado de Baltimore ayudó a la policía a peinar parques locales y áreas boscosas para encontrar su rastro.

Wehner de inmediato reconoció el cuerpo inanimado de su maestra. «Sabía que era ella», dijo hace poco. «No había estado tanto tiempo desaparecida como para no poder identificarla».

Cesnik todavía llevaba su abrigo color azul agua y los gusanos brotaban por su rostro. Wehner trató de espantarlos con sus manos. «¡Ayúdame a quitárselos de encima!», gritó la estudiante con pánico. Pero en lugar de eso, dice Wehner, el sacerdote se reclinó encima de ella y le susurró al oído: «¿Ya ves lo que pasa cuando dices cosas malas de la gente?»

Wehner comprendió que el cura la estaba amenazando. Decidió no contarle a nadie. «Me aterraba de tal manera que nunca pude abrir la boca», recuerda.

¿Ya ves lo que pasa cuando dices cosas malas de la gente?»

Dos meses después, la policía anunció que un par de cazadores que pasaban por un basurero a las afueras de Baltimore se habían topado con el cuerpo de la monja extraviada. Cesnik tenía marcas de estrangulamiento en su cuello y una abertura redonda del tamaño de una moneda de 25 centavos en la base de su cráneo. Por medio de una autopsia se confirmó que la causa de muerte era un golpe con un objeto contundente, como un ladrillo o un mazo. Sin embargo, nadie ofreció información sobre el asesinato y la policía nunca pudo resolver el caso.

Sin embargo, a lo largo del año, Wehner y otras ex alumnas de Keough han estado reuniendo sus recuerdos y comenzaron a hablar abiertamente por primera vez en décadas sobre las cosas traumáticas que les sucedieron en la preparatoria, eventos que ellas creen se relacionan con el asesinato de Cesnik. Un grupo de ellas lanzó su propia investigación con la esperanza de contestar las preguntas que siguen aquejando a la policía: ¿Quién mató a la hermana Cathy… y por qué?

JEAN WEHNER

Gemma Hoskins pone un tazón con doritos y un plato con galletas en su mesita de café de madera oscura y distribuye copias de la agenda de enero. Una por una, sus invitados ocupan sus lugares en torno a la alfombra persa en su sala pintada amarillo pálido. «Voy a empezar presentando a todos puesto que tenemos algunas caras nuevas hoy», dice Hoskins.

Tom Nugent, un exreportero del Baltimore Sun, ocupó un lugar de privilegio en la mecedora de madera de la esquina. Un detective retirado de la policía de Baltimore, a quien el grupo llama «Garganta Profunda», se acomodó en el sillón a su lado. Teresa Lancaster, exalumna de Keough y abogada en el área de Baltimore, se sentó al lado de su esposo Randy, en el sofá color avena. Hoskins y otra exestudiante de Keough, Abbie Schaub, acercaron sillas del comedor para formar un círculo.

A los 62, Hoskins es animosa e irreverente, lleva el pelo corto y teñido de rojo, y la distingue su tendencia de llevar siempre botanas para todos, un hábito que le quedó de sus días de cuando fue la «Maestra del Año» en el condado de Hartford. Ahora, ella vive con su labradoodle Teddy en un dúplex en Halethorpe, Maryland, un suburbio de clase trabajadora de Baltimore. Hoskins era una estudiante de tercer año en Keough en 1969 cuando Cesnik desapareció. Ahora, ella encabeza los esfuerzos para encontrar al asesino de la monja. «Creo que soy una Nancy Drew», bromeó recientemente, en referencia al personaje ficticio de novelas de misterio.

ABBIE SCHAUB Y GEMMA HOSKINS

Cesnik fue una versión de María, el personaje de Julie Andrews en La novicia rebelde en la vida real, refiere Hoskins. Era cálida, exuberante y muy hermosa. La monja tocaba la guitarra y escribía musicales para que las estudiantes actuaran en el teatro. En 1968 llevó a sus alumnas a ver Romeo y Julieta en el cine luego de que leyeron en clase la obra de Shakespeare. Cesnik inventaba juegos de palabras para fomentar en las niñas el gusto por aprender otras palabras nuevas y más oscuras y complejas.

La monja vivía en un modesto departamento en el suroeste de Baltimore con una colega y sus estudiantes de vez en vez caían por las noches o los fines de semana para charlar, cantar y tocar música. «Ella es la razón por la que me convertí en maestra», dice Hoskins. «Nunca conocí a nadie como ella».

Aproximadamente a las 7:30 del 7 de noviembre de 1969, Cesnik le dijo a su roomieHelen Russell Phillips, que quería ir al banco y luego comprar un regalo de compromiso para su prima. De acuerdo con reportes de la prensa de entonces, ella cambió un cheque por 255 dólares en un banco de Catonsville, Maryland, luego manejó hasta el centro comercial de Edmonson Village, donde compró bollos en Muhly’s Bakery. Al no regresar a casa a las 11 PM, Phillips llamó a dos amigos sacerdotes quienes llegaron a su departamento y llamaron a la policía. Más tarde esa misma noche, el Ford Maverick nuevo y verde de Cesnik fue encontrado sin los seguros puestos y estacionado en lugar prohibido a una cuadra de su departamento a pesar de que ella tenía un lugar designado para dejarlo detrás del edificio. No había rastro de ella por ningún lado.

El encargado de investigar la desaparición de Cesnik era Nick Giangrasso, un detective de homicidios de 28 años quien llevaba cinco años trabajando en el Departamento de Policía de Baltimore. Giangrasso encabezó las investigaciones durante los tres meses en que Cesnik estuvo extraviada, y luego dejó el caso en detectives del condado de Baltimore cuando su cuerpo se encontró fuera de los límites de la ciudad. Giangrasso, ahora de 72 años, pasó tanto tiempo en el caso como para darse cuenta de que algo había sospechoso entre el departamento de policía y la Iglesia.

La iglesia católica tenía mucho poder sobre el departamento de policía. Mucho poder».Giangrasso

Giangrasso tiene una voz profunda y acento de Baltimore y habla del caso de Cesnik como si hubiera sido ayer. Dijo que para él era claro que el auto había sido devuelto al complejo de departamentos sin señales de pelea, como si ella no hubiera sido víctima de un robo al azar o un asalto. «Se veía muy limpio. Debía ser algún conocido».

El primer sospechoso en las investigaciones de Giangrasso era Gerard Koob, un sacerdote jesuita. Koob era uno de los curas a los que llamó la roomie de Cesnik cuando la monja no regresaba de hacer sus compras, y fue él quien llamó a la policía para reportar la desaparición.

Koob, quien ahora de 77 es un ministro metodista y vive en Nueva Jersey con su esposa, sostenía una relación romántica con Cesnik en ese tiempo. Dos años atrás, antes de que él se ordenara y antes de que ella ofreciera sus votos finales, Koob le propuso matrimonio. Ella lo rechazó, pero siguieron pasando tiempo juntos y escribiéndose cartas de amor. Tres días antes de la desaparición, Koob llamó a Cesnik desde un retiro católico para decirle que la seguía amando. Él estaba listo para dejar el sacerdocio por ella y esperaba que ella dejara el hábito. «Le dije: ‘si decides salirte, yo me saldré y nos casaremos», le dijo Koob al Huffington Post en una entrevista.

PERIÓDICO

La policía interrogó a Koob, pero él tenía una coartada para la noche en que Cesnik desapareció. Él y otro sacerdote habían ido a cenar al centro de Baltimore y luego vieron Busco mi destino (Easy Rider) en un cine cercano. Él mostró los recibos y un boleto del autobús, además de que él y su colega pasaron dos pruebas de detector de mentiras.

Harry Bannon, otro investigador de homicidios retirado de la ciudad de Baltimore, le dijo al diario Baltimore City Paper en 2004 que él pensaba que Koob sabía más sobre el crimen de lo que admitía, pero que la Iglesia lo obligó a no presionar al sacerdote. «Los abogados de la Iglesia se metieron y hablaron con mis superiores en el Departamento de Policía y nos dijeron: ‘O acusan a Koob de algo o lo dejan ir. Ya dejen de hostigarlo'», dijo Bannon, quien murió en 2009. «Luego de eso, tuvimos que dejarlo ir. Y fue una pena porque estoy seguro que Koob sabía más de lo que nos contó«.

Koob ha dicho que él no tenía información que pudiera haber ayudado a la policía: «Cuando los agentes me preguntaron: ‘¡Qué crees que es lo que le pasó a Cathy’? Les dije que no tenía idea».

Giangrasso entrevistó a media docena de curas que conocieron a Cesnik durante sus investigaciones, y que un sacerdote en particular siempre salía mencionado: el padre Maskell, quien trabajaba con Cesnik en la prepa Keough. Giangrasso dijo que él trató de entrevistar a Maskell varias veces sobre la desaparición de la monja, pero siempre lo eludió. «Nunca estaba disponible, siempre estaba ocupado», dijo Giangrasso. «Llegó el punto en el que Maskell era la persona clave para hablar, pero nunca se pudo».

De acuerdo con Giangrasso, en el Baltimore de 1969 era muy difícil, sino imposible, investigar a un sacerdote por cualquier delito. La arquidiócesis de Baltimore es la más antigua en EU y la Iglesia la considera como la principal jurisdicción católica en el país. Más de la mitad de los residentes se consideran católicos. La Red de Víctimas de Abusos de los Sacerdotes (una organización de EU), dijo que los fiscales de la ciudad de Baltimore han acusado a sólo tres de los 37 sacerdotes que han sido señalados por abuso sexual desde 1980. Sólo dos de ellos fueron sentenciados y una de esas condenas fue sobreseída en 2005.

Maskel en particular era un blanco difícil. En ese tiempo, él era el capellán de la policía del condado de Baltimore, de la policía del estado de Maryland, y de la Guardia Nacional de Maryland. El cura llevaba un radar de la policía y una pistola cargada, bebía cerveza con los oficiales en un bar local, y a menudo acompañaba los «patrullajes» de sus amigos por las noches en respuesta a ofensas menores o para cazar a parejitas de adolescentes besuqueandose en sus coches.

Bob Fisher, el dueño de un taller de reparación de autos en el suroeste de Baltimore, donde Maskell llevaba su carro en sus días de descanso, recuerda que el cura se jactaba de los privilegios que tenía con la policía ante cualquiera que lo escuchara. «Él decía: ¿Escucho algo en la radio, nos montamos a una patrulla, ¡y nos vamos a atrapar a esa gente!'», dijo Fisher, de 74 años. «Eran historias realmente salvajes».

El hermano mayor de Maskell, Tommy, era un héroe policial, herido por disparo de bala cuando trató de evitar un asalto. Perseguir a Maskell entonces hubiera significado ir en contra de las reglas no escritas por las que operaba la policía. «Es como una familia», dijo Giangrasso. «Si se involucra a un policía, involucras a toda la familia, quien trata de ayudar a su pariente. Cuando descubrimos lo del hermano de Maskell, quien era un teniente, nos dimos cuenta de que eso era un problema».

Giangrasso recuerda la presión de sus superiores para que dejara en paz al sacerdote y a otros miembros del clero. «Sentí como si la Iglesia se estuviera entrometiendo y que los jefes venían a checarnos: ‘¿Cuánto tiempo más vas a seguir jugando con este caso?’, como si nos dijeran: ‘Mejor bájenle y vayan por otro lado'», dijo. La policía de la ciudad de Baltimore declinó hacer comentarios al respecto.

Que el cuerpo de Cesnik se hubiese encontrado fuera de su jurisdicción dentro del condado de Baltimore, donde Maskell era el capellán, no era coincidencia, pensó Giangrasso. Sin embargo, tuvo que dejar el caso en manos de la policía del condado, quienes nunca acusaron a nadie.

THE BALTIMORE SUN

El caso quedó abierto por dos décadas. Pero en 1994, dos mujeres lanzaron acusaciones tremendas en contra de Maskell, relacionándolo con el asesinato de la joven monja. En documentos de la corte las identificaron como «Juana N» y «Juana Z». Ellas acusaron a Maskell de haberlas violado cuando eran estudiantes en Keough. Las mujeres presentaron una demanda civil por 40 millones de dólares en daños en contra de Maskell, de la arquidiócesis de Baltimore, de las Escuelas Hermanas de Notre Dame, que administraban Keough, y un ginecólogo de Baltimore llamado Christian Richter.

Las mujeres temían a Maskell y sus viejos amigos policías, por lo que no usaron sus nombres verdaderos en ese tiempo. Pero Maskell murió en 2001 y Juana N y Juana Z finalmente pudieron hablar en público.

Sus nombres son Jean Wehner y Teresa Lancaster. Wehner, quien afirmó que Maskell la había llevado a ver el cuerpo de Cesnik antes de que lo hallaran los cazadores, ofreció detalles del cuerpo que sólo eran del conocimiento de los investigadores, informó el Baltimore Sun en 1994. Los detectives al principio se mantenían con escepticismo respecto de sus declaraciones de que había gusanos en el rostro de Cesnik, puesto que los cadáveres no se agusanan por lo general en las frías temperaturas de noviembre. Sin embargo, una autopsia reveló que de hecho había gusanos en la garganta de Cesnik, un detalle que no era del conocimiento del público.

Hoy, Wehner es una reflexóloga certificada y miembro de una muy extendida familia católica de Baltimore. Lancaster, de 60 años, es una abogada en la costa este de Maryland. Wehner dijo que ella por décadas había enterrado sus recuerdos de lo que sucedió en Keough. Pero a partir de 1992, cuando en un anuario escolar vio fotos lado a lado de Maskell y el padre Neil Ferris, director de servicios religiosos, comenzó a recordar el abuso sexual por partes. «Me temblaba todo el cuerpo», dijo Wehner. «Lo sabía». Las fotos detonaron recuerdos oscuros y dolorosos, afirmó, y los detalles comenzaron a resurgir lentamente.

Aunque Lancaster siempre se acordaba de los abusos en Keough, ella también reprimió algunos de los detalles hasta que su madre murió en 1993. Dice que evitó pensar y hablar del abuso mientras su devota madre estaba viva, pues estaba segura que eso la destruiría. Sin embargo, para cuando su madre murió, Lancaster comenzó a pensar sobre las cosas horribles que le pasaron en la prepa. «una noche se sentó en la cama y comenzó a gritar», dijo su esposo Randy en una entrevista reciente.

Las víctimas a menudo confunden algunos de los detalles de eventos traumáticos. Sin embargo, los relatos de Lancaster y Wehner fueron corroborados en registros de la corte y mediante entrevistas con otras ocho estudiantes de Keough: cuatro que también fueron víctimas de abuso por parte de Maskell y otras cuatro que dicen que pudieron rechazar sus ataques. Además, Sean Claire, un portavoz de la arquidiócesis de Baltimore, dijo que la Iglesia ha reconocido que a Maskell «se le acusó de manera muy creíble de abuso de menores».

Keough era una escuela católica tradicional, en donde a las estudiantes se les obligaba llevar faldas de pliegues por debajo de las rodillas y blusas abotonadas hasta el cuello. Pero no pudo ser inmune a la contracultura de los 60. Exalumnas del colegio dijeron que en la oficina de Maskell, así como en la rectoría adjunta, donde vivía, el cura ofrecía a las chicas un ambiente relajado y de open mind en donde ellas podían hablar con libertad sobre el sexo y las drogas, podían beber alcohol y fumar cigarrillos en su sofá de terciopelo rojo, a la vez que pedían ayuda para lidiar con sus padres tradicionalistas. En la cumbre de la revolución sexual, Maskell se encontraba en inmejorable posición de explotar la atmósfera experimental y rebelde de fines de la década y principios de los 70. En ese tiempo tan confuso, el sacerdote ofrecía un embriagante coctel de liderazgo espiritual, hipnosis, bebidas, píldoras… y él mismo.

LAURA BASSETT/THE HUFFINGTON POST

Maskell era un carismático joven de menos de 30 cuando comenzó su labor como capellán de Keough en 1967, dos años luego de la apertura del colegio. De espalda ancha, ojos azul claro, descendiente de irlandeses, el cura también fungía como el consejero psicológico de la escuela. Luego obtendría un diploma en psicología de la prestigiosa universidad Johns Hopkins.

Exalumnas de Keough dijeron que Maskell utilizaba su encanto, su preparación psicológica y su autoridad moral para, primero, bajar la guardia de las jóvenes, para luego manipularlas con relaciones sexuales. Su blanco eran las estudiantes con problemas o mal portadas. (Hoskins y Schaub, quienes siempre sacaban dieces, dijeron que él nunca les molestó.) Maskell solía preguntar a las chicas si tenían problemas en casa, si tenían relaciones sexuales con sus novios, o si utilizaban drogas. Algunas veces, el sacerdote utilizaba frases repetitivas: «Sólo quiero lo mejor para ti, sólo lo mejor», es una de ellas que recordó una mujer con las que el cura las inducía a hablar.

Lancaster, madre de cuatro de hablar suave, de pelo rubio y lacio, dijo que cuando ella iba en primero de prepa, en 1970, fue a la oficina de Maskell para hablar con él sobre algunos problemas en casa. Sus padres habían descubierto un cigarro de marihuana en su bolso, dijo. Además, a ellos no les parecía el chico de pelo largo con el que ella salía. Era un día a mitad de la jornada escolar y Maskell la invitó a pasar a su oficina y cerró luego la puerta. Comenzó a quitar sus ropas y la obligó a sentarse desnuda sobre su regazo. Le dijo que la estaba tocando «de manera santa».

Y me dijo: ‘Se supone que no debería hacer esto, pero descubrí que puedo ayudarle a la gente por medio del contacto físico'», recordó Lancaster. «Yo estaba en un shock total».

A menudo, las chicas no se deban cuenta de que las estaban violando y abusando sino hasta meses o años después. De hecho, Lancaster creyó por un breve periodo de tiempo que ella sostenía una relación romántica con el sacerdote. Algunas veces, escuchaban música irlandesa cuando él estaba con ella «como si fuera una cita enfermiza», dijo Lancaster. «Hubo un mes en el que yo pensaba que él me amaba… sí hubo cierto amor ahí, eso pudo haber tenido sentido. Cuando me di cuenta de que más personas iban con él, me pregunté si también las amaba a todas».

Cuando comenzó a entender la verdadera naturaleza de esa relación, Lancaster nunca peleó o le contó a nadie, dijo, porque Maskell amenazó con expulsarla por usar drogas y enviarla a Montrose, una muy temida correccional juvenil, en Reistertown, Maryland. Una vez o dos, dijo, él la abofeteó y le mostró la pistola cargada que tenía en su escritorio. «Me hizo entender que tenía que seguirlo en cualquier cosa que él quisiera o que me iba a ir peor de lo que me imaginaba», dijo Lancaster.

Cuando detectaba a una chica con problemas o que incurría en mal comportamiento, Maskell la comenzaba a sacar de sus clases, llamándola por el altavoz para una «terapia» en su oficina.

«Podía estar en clase y podía ser a cualquier hora. Escuchaba mi nombre por el altavoz: Ven a mi oficina ahora’, y tenía que ir a ver a Maskell», dijo Donna VonDenBosch, de 58 años. «Recuerdo que estaba en clase, llorando y pensando: ‘¡No me hagas ir, no me hagas ir!’ Y la maestra me sacaba al pasillo y me decía: ‘Sabemos que es un raro, pero tienes que ir'».

Wehner dijo que fue a ver a Magnus, el director de servicios religiosos del colegio, para confesarse cuando tenía 14 años, puesto que se sentía culpable por el abuso sexual que padeció cuando era una niña pequeña. El sacerdote volteó a verla en el confesionario y la interrogó sobre los detalles del abuso, para luego masturbarse mientras ella hablaba.

Después de eso, Magnus y Maskell la llamaban a sus oficinas para sesiones de terapia en las cuales, le decían, se trataba de hallar el perdón de Dios por lo que ella había hecho cuando era niña. Wehner dice que ellos se masturbaban delante de ella, le tomaban fotos desnuda y la obligaban a actos sexuales como parte de su «cura espiritual». «Pensaba que en verdad estaban rezando por mí», dijo.

Pronto, Maskell comenzó a sacar a Wehner de sus clases para llevarla a su oficina sin Magnus, dijo ella. Ahí, le mostraba pornografía y le decía que él trataba de que Dios la perdonara por los abusos de niña y la violaba. «Él me decía que yo no parecía abrirme al Espíritu Santo y a la Gloria de Dios», dijo Wehner. «Y yo sólo hacía lo que me decían mientras pensaba que debía ser una persona tan horrible que Dios ni siquiera me iba a perdonar».

TERESA LANCASTER

Las mujeres recordaron que Maskell tenía un amigo ginecólogo, el Dr. Richter, quien las examinaba para asegurarse que no estaban embarazadas. Lancaster asegura que Maskell la llevó una vez a ver a Richter para una prueba de embarazo y que el cura la violó en la mesa mientras el doctor examinaba sus senos.

Fisher, el dueño del taller de autos, dijo que Maskell presumía de llevar a las niñas al ginecólogo cuando iba a dejar su automóvil en las tardes. «Él decía: ‘Yo y el doctor, las llevamos y las examinamos y las checamos'», dijo Fisher. «No había duda de que él siempre tomaba parte en las examinaciones, siempre lo dejaba en claro».

Richter, quien falleció en 2006, negó haber abusado de las niñas en una entrevista con el Baltimore Sun durante los juicios en la corte durante las demandas de 1994. Sin embargo, admitió que pudo haber dejado entrar a Maskell durante sus exámenes pélvicos. «Es posible que él hubiera entrado a la sala de revisión debido a la ausencia de los padres. No sé, quizá para tranquilizar a las pacientes», dijo Richter. «Es muy probable que ellas le tuvieran mucha fe».

Los viajes de Maskell al ginecólogo señalaban una obsesión con las consultas. Lancaster dijo que a él le gustaba realizar examinaciones pélvicas en el altar de la capilla de la escuela y aplicar lavados vaginales, enemas y supositorios anales en el baño de su oficina, así como en la rectoría. Muchas estudiantes dijeron que ellas también habían sido objeto de exámenes ginecológicos falsos, así como de enemas. Se trataba de una forma de establecer una mayor autoridad sobre las chicas, como si fuera una relación doctor-paciente, mientras realizaba cualquier fetiche que se le antojaba.

Las jóvenes rara vez resistían pues le tenían miedo. VonDeBosch dijo que ella tuvo el valor para rechazarlo una vez, cuando iba en su año de salida, pero las cosas no salieron bien. «Pensaba que me iba a matar. Así que le pegué con mi libreta», dijo.

Ella amenazó con reportarlo y él respondió poniendo el cañón de su pistola en su boca. «Me dijo: ‘Eres una alborotadora. Eres una basura. Nadie te va a creer nada. Mira mi diploma de la Johns Hopkins'», contó ella.

VonDeBosch decidió que no valía la pena arriesgarse a reportar a Maskell ante las autoridades y tomó una actitud suicida en la prepa. Sin embargo, sus compañeras sospechaban que algo se traía. «Había un grupo de niñas conocidas como las chicas de Maskell», dijo. «Así me llamaban mis amigas, una de las chicas de Maskell».

DONNA VONDENBOSCH

Varias de las mujeres con las que el Huffington Post habló sobre los abusos de Maskell describieron las acciones del cura como si se tratara de la operación de un burdel.

Wehner dijo que en su tercer año, Maskell comenzó a llevarla en auto a la Iglesia de San Clemente, donde él daba misa luego de la escuela, y que varios hombres abusaron de ella en la oficina que tenía ahí. Ella no los conocía, pero se llamaban entre sí con nombres genéricos, como hermano Ed, hermano Ted y hermano Bob. Dijo que algunos de ellos le daban dinero a Maskell a cambio de los abusos. «Él nos prostituyó», dijo Wehner.

Para mantenerla quiera, Maskell hacía creer a Wehner que participaba por su propia voluntad en los actos sexuales. Sobre el abuso, se refería a las «actividades extracurriculares» de la estudiante, y que los hombres eran sus «citas». Dijo que el sacerdote una vez puso su pistola sin carga en su sien, jaló el gatillo, y le advirtió que su padre, un policía, le haría lo mismo, pero con balas en el arma si descubría que ella andaba «de puta» con hombres mayores.

Lancaster, Wehner y VonDeBosch recuerdan la participación de policías uniformados en los abusos, tanto en la oficina de Maskell como fuera de la escuela. Otras dos exalumnas de Keough y otra mujer que asistía a la Iglesia de San Clemente, dijeron al Huffington Post que Maskell abusó de ellas cuando eran adolescentes, a menudo con otros hombres. «Recuerdo la luz que entraba y a un policía que llevaba pantalones oscuros, una camisa blanca y su placa», dijo VonDeBosch, quien estudia para certificarse como enfermera en Reading, Pensilvania. Dijo que ese día se sintió como drogada y que cuando recuperé la consciencia en la oficina de Maskell esa tarde, tras haber estado ahí unas tres horas, notó que su blusa estaba abotonada de forma diferente a como se la había puesto en la mañana».

También dijo que cree que una vez Maskell le dio una bebida adulterada en un picnic organizado por la Organización de Jóvenes Católicos. Ella tenía 14 años. Luego la alejó de los otros estudiantes cuando atardecía y se quedó mientras un policía uniformado, de pelo negro, la violó en un área remota del parque. «Me sentía drogada», dijo.

Wehner dijo que Maskell solía quedarse en la puerta y actuaba como si estuviera cuidando que nadie la sorprendiera. Una vez, dijo, se enfureció con ella por mostrar miedo en frente de los hombres. Se suponía que ella estaba de acuerdo en tener relaciones sexuales con ellos. «Él presionó mi cara contra el espejo y me dijo: ‘Mira quién es la puta en el cuarto. Que nunca se note que tienes miedo'», dijo Wehner.

La única persona que trataba de ayudar a las chicas era Sor Cathy Cesnik. Wehner dijo que en 1969, al fin de su segundo año de prepa, Cesnik se quedó un rato a solas con ella en el salón. «¿Te están lastimando los sacerdotes?», preguntó suavemente la monja. Wehner negó con la cabeza, temerosa de decir la verdad. Cesnik le dijo a Wehner que se fuera a casa y que disfrutara del verano.

Kathy Hobek, de 63 años, dijo que ella le pidió a Cesnik que la protegiera de los abusos de Maskell cuando asistió a Keough en 1968. «Ella daba excusas por mí cuando él me llamaba a su oficina», dijo Hobek. «Ella decía: ‘Está en un estudio, no puede salirse’, o inventaba otra cosa».

En el otoño de 1969, Cesnik dejó Keough y tomó un nuevo empleo en la prepa Western High School, una escuela pública en Baltimore. Pero siguió cercana a sus exalumnas, quienes visitaban su departamento con frecuencia. Maskell seguía siendo tema de conversación entre ellas. Dos días antes de la desaparición, Hosbeck y una compañera visitaron a Cesnik en su casa y la monja les preguntó su Maskell seguía molestándolas. «Le dijimos que no, y ya», dijo Hobeck.

Pero no todas las jóvenes tuvieron la misma suerte. Wehner contó que a pesar de las promesas de Cesnik de mediar con Maskell, el cura siguió abusando de ella tras las vacaciones de verano, incluso con mayor violencia. Otra exalumna de Keough, quien habló con el Huffington Post bajo anonimato, visitó a Cesnik en su departamento la noche previa a la desaparición para hablar de los abusos en la escuela.

A mitad de la conversación, dijo la mujer, Maskell y Magnus irrumpieron en el departamento sin llamar a la puerta. «Maskell me miró. Ya sabía que yo estaba ahí», dijo la mujer. Luego ella salió del departamento. Al día siguiente en la escuela, Maskell la llamó a su oficina. Con la pistola en una mano, le dijo que si le contaba a alguien del abuso, la mataría a ella, a su novio y a toda su familia. «Recuerdo todo como si hubiera sido ayer», dijo. «Desde entonces he estado cuidando a mi familia».

Cesnik desapareció esa noche.

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En junio de 1992, más de dos décadas después del asesinato de Cesnik, Wehner reportó sus abusos a la arquidiócesis de Baltimore. Caine, el director de comunicaciones de la arquidiócesis, dijo al Huffington Post que la Iglesia suspendió a Maskell del ministerio de manera temporal para una evaluación psicológica en octubre de ese año, cinco meses después de que Wehner lo reportó. Maskell había dejado su trabajo de Keough en 1975 y desde entonces trabajaba en la Iglesia de la Santa Cruz, a unos 6 kilómetros de la prepa.

A Maskell «se le mandó a una evaluación y a tratamientos los siguientes meses», dijo Caine. «En ese tiempo, la arquidiócesis intentó corroborar las acusaciones, negadas por Maskell. Buscamos otras víctimas adicionales y por medio del abogado que representaba a las primeras personas que lo acusaron. Tras varios meses de búsqueda infructuosa, la arquidiócesis regresó a Maskell al ministerio«.

Una vocera de la escuela, que ahora se llama Preparatoria Seton Kough, declinó comentar, pero informó que nadie del equipo actual trabajaba ahí cuando los supuestos abusos sucedieron.

A pesar de que la Iglesia asegura que no encontró otras víctimas que corroboraran las acusaciones de Wehner, los abogados pudieron hacerlo sin problemas. Ellos circularon una carta a las alumnas de Keough en 1993 y la publicaron en un anuncio en el Baltimore Sun. Ahí preguntaban si alguien recordaba los casos de abuso en la escuela en los 60 y 70. Más de 30 mujeres, incluida Lancaster, contestaron de inicio, de acuerdo con información de los medios. La historia de Lancaster era tan convincente que los abogados de Wehner la invitaron para sumarse a la parte acusatoria en la demanda civil contra Maskell, el Dr. Richter, la Iglesia y la orden de monjas que manejaba Keough.

Maskell y Richter negaron los abusos vehementemente y en 1995, tras un juicio muy visible, el caso se sobreseyó en la corte debido a un tecnicismo. De acuerdo con las leyes de Maryland, las víctimas de abuso sexual tienen tres años a partir de que terminó el abuso o de cuando se descubrió el hecho para presentar una demanda civil. Los abogados de las mujeres argumentaron que como Wehner y Lancaster apenas habían comenzado a recordar partes del abuso, estaban dentro del periodo de tres años. «Al bloqueo de la memoria seguido viene un trauma, yo he tenido muchos casos así», dijo Neil Blumberg, el psiquiatra de Lancaster.

Sin embargo, la Iglesia presentó a un experto en «recuerdos falsos», el psiquiatra católico Paul McHugh, quien en los 90 argumentaba con éxito en los tribunales que los recuerdos de abuso sexual de menores no pueden suprimirse para luego ser recordado. En ese tiempo, hubo un golpeteo en contra del concepto de la memoria reprimida. En los 80 hubo varios casos famosos de persecución de empleados de guarderías basados en la recuperación de recuerdos que luego se demostró haber sido falsos. Aunque los casos de Wehner y Lancaster eran diferentes, dado que sus recuerdos no habían regresado por medio de la recuperación de memorias falsas por parte de investigadores o terapeutas, ganar el caso a esa nueva luz era imposible.

El juez Hilary Caplan dijo al Huffington Post que para ella, las mujeres contaban la verdad, pero que decidió, luego de escuchar el testimonio de McHugh, que la memoria recuperada no podía usarse para fijar el término temporal de tres años requerido por la ley. «Los expertos rindieron testimonio y concluí que la memoria no bastaba para justificar el caso de la parte acusadora», dijo en una entrevista reciente.

Mira, este caso ha destruido carreras. Sabíamos perfecto quien la mató, y tú lo sabrás y descubrirás cosas que no debiste haber buscado»

Las mujeres no ganaron en la corte, pero sus testimonios llevaron a la policía a investigar a Maskell por violación y homicidio. La búsqueda de evidencias no rindió frutos hasta que un sepulturero llamado William Storey llamó a la policía y les dio un tip.

Storey, el encargado del Cementerio de la Santa Cruz, dijo que Maskell le había ordenado cavar un hoyo de 4×4 metros en el panteón en 1991 para que el cura pudiera enterrar cajas con archivos confidenciales. El sepulturero entregó un mapa a mano donde se indicaba el lugar.

En agosto de 1994, la policía desenterró las cajas, que contenían básicamente evaluaciones psicológicas de las estudiantes que él había tratado. El policía conocido como Deep Throat dijo que por lo menos una de las cajas también contenía fotos de menores desnudas, lo cual hubiera bastado como evidencia para arrestar a Maskell por posesión de pornografía infantil.

«Encontramos evidencias contundentes, estas niñas tenían abiertos sus sostenes», dijo. «Vi muchas fotos con mis malditos ojos».

Pero esas fotos nunca llegaron al cuarto de evidencias. El detective dijo que, inexplicablemente, desaparecieron luego de que se exhumaron las cajas y el Baltimore Sun reportó simplemente que contenían «pruebas psicológicas y cheque cancelados». El juez Caplan, quien presidió el juicio civil de Wehner y Lancaster, dice que las fotos nunca se presentaron como parte de la evidencia y negó haber escuchado algo al respecto.

La policía siguió buscando evidencias, pero Maskell se mostraba tan evasor y bien relacionado como en 1969. Garganta Profunda dijo que tan pronto comenzó a investigar el caso de Cesnik, recibió una llamada de uno de sus jefes en el Departamento de Policía.

«Me dijo: ‘Mira, este caso ha destruido carreras. Sabíamos perfecto quien la mató, y tú lo sabrás y descubrirás cosas que no debiste haber buscado'», contó el detective.

Antes de que la policía pudiera siquiera interrogar a Maskell en 1994, él mismo se registró en un centro de tratamiento bajo la premisa de que necesitaba ayuda para lidiar con el estrés y ansiedad que el caso le produjo. Unas semanas después,se dio de alta con discreción y se marchó a Irlanda, donde continuó su labor como sacerdote.

«La arquidiócesis no supo que Maskell vivía en Irlanda hasta que un obispo los contactó en julio de 1996», le dijo Caine al HuffPost. «Maskell había salido del centro de rehabilitación dos años antes y no dio aviso a la arquidiócesis».

Las autoridades abandonaron la investigación cuando Maskell dejó el país y murió sin haber sido sentenciado por algún delito. Magnus había fallecido años antes, en 1988. Richter murió en 2006.

Wehner dijo que quedó «devastada» cuando supo desecharon su caso y que nadie enfrentó la justicia. Se dijo traicionada por la Iglesia, la escuela, la policía y el sistema judicial. «No tuvimos oportunidad pues todas estas instituciones que nos decepcionaron y las usaron en nuestra contra», dijo.

La búsqueda de Gemma Hoskins por respuestas al asesinato de Cesnik inició en el verano de 2013, cuando se reencontró con Nugent, el exreportero del Baltimore Sun que la entrevistó al respecto años atrás.

A ambos les fascinaba el caso desde 1994; cuando Wehner y Lancaster presentaron la demanda contra Maskell y la Iglesia. Nugent, de 71 años ya, era un redactor freelance en Hastings, Michigan. Él creció como católico en Baltimore y como reportero cubriendo casos de corrupción policial se dio cuenta que el caso Cesnik tenía más ramificaciones de lo que la gente concedía. Entrevistó a varios detectives retirados, incluido Garganta Profunda, quien le confirmó haber sido presionados para dejar en paz a los sacerdotes en sus investigaciones. «Me pareció entonces que todo se trataba de un gran encubrimiento», dijo.

Nugent entrevistó a Hoskins en 2004 para una nota sobre el caso Cesnik, pero nunca pudo encontrar un hilo. Casi una década después, ella lo llamó de la nada. «¿Me recuerdas? ¿Cuándo vienes a terminar ésto?»

Hoskins quería justicia para Cesnik y sus compañeras en Keough mientras tuvieran vida y ahora se dedicaba por completo a su investigación. Tenía poco de haberse jubilado como maestra, su esposo murió de cáncer cuando ambos tenían 35 y nunca tuvo hijos. Ella dijo que su fallecido esposo siempre la animó para que ayudara a los demás, incluso cuando dependían de los vales de alimentos pues estaba muy débil y enfermo para trabajar. «Siempre me dijo: ‘Cuando estemos viejos y ya no necesitemos dinero necesitaremos cuidar de los demás'», dijo Hoskins. «Para mí, es importante honrar eso».

Nugent no se hizo del rogar. «Gemma recurrió a mi conciencia», dijo. «Personalmente, no quisiera vivir en un mundo en el que este tipo de cosas se esconden debajo de la alfombra». Hoskins comenzó a buscar más mujeres que pudieran haber sido víctimas de abusos sexuales en Keough. En septiembre de 2013, entró a la página oficial de las alumnas de Keough y preguntó si alguien sabía de abusos tales en la escuela a fines de los 60 y principios de los 70.

La página de inmediato comenzó a rezumar. Mujeres que habían guardado silencio por años contaban sus historias del abuso de Maskell y otros. Cuando Hoskins mencionó el asesinato de Cesnik, ella dice que «fue entonces que ardió Troya». Algunas alumnas de Keough la acusaron de lanzar una cacería de brujas y los administradores la expulsaron de la página de Facebook por publicar contenidos «inapropiados».

Sin embargo, Hoskins llamó la atención de algunas mujeres que pensaban igual, como Schaub, quien por mucho tiempo sospechó que los casos de abuso sexual en Keough se relacionaban en cierto modo con el asesinato de Cesnik. Las mujeres crearon su propia página privada de Facebook para continuar las conversaciones a fin de que eso pudiera convertirse en una verdadera investigación seguida por cientos de personas. «Esto parecía tener vida propia», dijo.

Schaub, una enfermera retirada, es mesurada y habla con claridad y es la que mejor maneja los datos en el grupo.

Schaub era de la generación de Hoskins en Keough y le dio clases de regularización en matemáticas, pero nunca fueron muy amigas de adolescentes. Hoy forman un gran equipo. Mientras Hoskins usa su personalidad y para relacionarse con las víctimas de Maskell, Schaub desentierra décadas de artículos de prensa, registros criminales, actas y certificados de matrimonio y escrituras.

«Abbie y yo somos un ejemplo perfecto de cómo funcionan los dos hemisferios cerebrales», dijo Hoskins. «Es como si dos medios se juntaran en uno sólo. Me emociona tanto haber reconectado».

En los dos años en que estas exalumnas de Keough han investigado el caso de Cesnik han perseguido por lo menos una docena de pistas. Se han concentrado en las probables conexiones entre el asesinato de Cesnik y el de otras chicas en el área por la misma época, pidiendo todos los archivos de la policía de Baltimore y del FBI en torno a esos casos. Dieron con los descendientes de Storey, el sepulturero, y contactaron a todos los profesores y personal administrativo que pudieron que hubiera trabajado en Keough a fines de los 60 con la esperanza de que alguien pudiera dar pruebas irrefutables o algún testimonio sólido. Desenterraron registros de propiedad de la rectoría donde vivía Maskell y entrevistaron a los vecinos con la esperanza de poder hallar evidencia que lo incriminara.

Las mujeres incluso se concentraron en un sospechoso que seguía con vida y que creían, aunque no podían probarlo, que había participado en el asesinato de Cesnik. Entrevistaron a algunos de los parientes de ese individuo y revisaron sus antecedentes en la policía, descubriendo que él había sido un sospechoso en el caso en los 90. Ellas siguen buscando evidencia que pruebe que estuvo involucrado.

A la par de la búsqueda de justicia de estas mujeres, la policía también hace lo suyo. En septiembre de 2014, Wehner regresó al cuartel de la policía del condado de Baltimore donde contó a los agentes su historia por primera vez desde los 90. Cuatro meses más tarde, Dave Jacoby, el detective que actualmente sigue el caso, fue a Nueva Jersey a interrogar a Gerar Koob, el enamorado de Cesnik. Koob dijo que no tenía información nueva y que le confundía la visita.

«Al término de la conversación le dije: ‘¿En qué van con esto?’ Están en retroceso, estamos hablando de algo de hace 40 años», contó Koob. «Y me contestó: ‘De momento, no hemos descartado la posibilidad de que algún extraño se la haya llevado».

Jacoby declinó hacer cualquier comentario al Huffington Post al referir que se trata de una investigación «abierta y en activo».

Las mujeres de Keough mantienen su escepticismo de que la policía conseguirá la justicia para Cesnik. Sin embargo, están en paz puesto que su misión se ha convertido en algo más grande. Lo que empezó por una búsqueda de justicia ha crecido y es una fuente de apoyo que cura a las víctimas de abusos sexuales. Por medio de Facebook, un creciente número de alumnas de Keough se ha reconectado entre sí y hablan, por primera vez en décadas sobre los abusos en la prepa.

Schaun dijo que cuando termine la investigación sobre Cesnik, la comunidad que han creado para los sobrevivientes quedará abierta. «No se trata de nuestra historia, sino de algo más grande que nosotras», dijo Schaub.

Lancaster se ha convertido en una defensora de los menores que han sido abusados sexualmente. Trabaja con víctimas a través de la Red de Víctimas de Abusos de los Sacerdotes, el grupo nacional conocido como SNAP. Recientemente fue testigo en el congreso estatal para dar apoyo a una iniciativa que busca extender el periodo de respuesta en casos de abuso sexual.

En 2010, la Iglesia le pidió perdón y le pagó 40 mil dólares como parte de una serie de acuerdos que hizo con víctimas de abusos sexuales. «Por favor acepte las disculpas a nombre del arzobispo (Edwin) O’Brien y la arquidiócesis de Baltimore por el sufrimiento que ha experimentado», escribió en una carta Alison D’Alessandro, directora de la Oficina para la Protección de Menores y Jóvenes de la Iglesia. La arquidiócesis también le dio oportunidad de que O’Brien se disculpara en persona por los abusos. Pero ella lo rechazó. «Les dije: ‘Estoy harta de ustedes, así como de sus faldas y de sus extraños hombres con sus ropajes», contó Lancaster. «El infierno ya estará frío cuando me siente ahí y mire a los ojos a ese hombre».

Wehner dijo que el apoyo de las otras mujeres cambió su vida. Después de todo, había vivido con miedo desde que contó su caso de manera anónima en los 90 y le ha costado trabajo conectar con la gente. Ahora que las alumnas de Keough le dan su apoyo, ella ha salido de su caparazón. «Ahora tengo este sentimiento de comunidad en el que siento que me dicen: ‘Te creemos. Confiamos en ti'», dijo. «hace 40 o veintitantos años no me sentía así. Cada paso en esta marcha ha sido de una gran pelea, pero cada vez me siento más fuerte y capaz». The Huffington Post

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