
HAY instituciones que fallan… y hay otras que ya operan en piloto automático hacia el desastre. La Operadora de Transporte (OTV) parece estar cómodamente instalada en la segunda categoría.
Lo que ocurre puertas adentro no es un rumor aislado ni una exageración de usuarios molestos: condiciones laborales deficientes, rotación constante de personal por no cumplir acuerdos laborales —aparte nadie aguanta —, señalamientos de acoso, maltrato a adultos mayores que resguardan estaciones del sistema Bowí y un ambiente que, más que servicio público, parece zona de desgaste humano. Cuando una institución trata así a su gente, el resultado inevitable es el mismo: un servicio que también maltrata a la ciudadanía.
Y si alguien cree que esto es solo un tema interno, basta con asomarse a lo que ocurre en la calle. El elevador de la estación Catedral del sistema Bowí lleva fuera de servicio cerca de dos semanas. No es una falla menor ni un detalle técnico: es una barrera directa para adultos mayores, personas con discapacidad y usuarios con movilidad reducida. Es, en términos simples, excluirlos del transporte público.

La escena es tan absurda como indignante: cinta de advertencia por todos lados, como si eso resolviera algo. Para quien puede ver, el mensaje es claro; para una persona invidente, es simplemente otro obstáculo más en un sistema que nunca pensó en ella. Y mientras tanto, la “solución” brilla por su ausencia.
Peor aún, no es la primera vez. El elevador ha fallado en repetidas ocasiones, como si el mantenimiento fuera opcional o como si la incapacidad técnica ya fuera parte del manual de operación. ¿Dónde están los ingenieros o profesionistas del OTV? ¿Dónde está la supervisión? ¿O es que en la OTV ya normalizaron que nada funcione como debería?
El resultado es evidente: usuarios que no pueden subir o bajar, personas en silla de ruedas literalmente atrapadas fuera del sistema, ciudadanos que dependen del transporte público siendo ignorados por quienes deberían garantizarlo. No es un descuido, es negligencia.
Aquí no se necesita otro comunicado tibio ni promesas recicladas. Se necesita una revisión a fondo, una investigación real y, sobre todo, responsables. Porque cuando el transporte público deja de ser accesible, deja de ser público… y se convierte en otro privilegio más para quienes pueden “arreglárselas solos”.

UNA mujer adulta mayor con discapacidad entró en pánico al salir a barrer el exterior de su casa y encontrarse, como si fuera escena de película de terror de bajo presupuesto, con la pared grafiteada con la imagen de una cabra. El susto no fue menor: en su mente, aquello no era simple vandalismo, sino una clara “firma” del demonio según la mitología cristiana… porque claro, ¿qué otra explicación lógica podría haber?
El miedo escaló cuando recordó esas historias virales de supuestos símbolos que usan ladrones para marcar casas. Entre el diablo y los rateros, la señora ya se sentía en medio de una conspiración digna de documental… pero sin Netflix que la respalde.
Ni tarda ni perezosa —aunque vive sola— sacó el arma más poderosa del siglo XXI: el internet. Se metió a Facebook (sí, “fecbook” para los mortales) y publicó en un grupo lleno de expertas en todo tipo de crisis domésticas, preguntando si aquello era un demonio… o de plano una “rata con aspiraciones”. En cuestión de minutos, las respuestas no tardaron en llegar: que sí, que le atinó… que era ambas cosas.
Algunos usuarios, más aterrizados —o más hambrientos—, aseguraron que no se trataba de nada satánico, sino de un glorioso anuncio clandestino de barbacoa de chivo, de esa que se presume por su carne tierna, adobada con chiles secos como guajillo y puya, cocinada en horno de tierra o vaporera, acompañada con su consomé, cilantro, cebolla, limón y tortillas. Básicamente, el verdadero pecado era no invitar.
Otros, con menos filtro y más filo, señalaron directamente al actual director de la Junta Municipal de Agua y Saneamiento de Chihuahua, Alan Falomir Sáenz. Entre los comentarios lo bautizaron como “el Cuasimodo” y “el chapulín”, por aquello de brincar de partido en partido según la temporada política.
Tras varios días de angustia, teorías conspirativas y antojos de barbacoa, la mujer volvió a publicar. Esta vez para agradecer, ya que finalmente llegaron unas personas a borrar el “símbolo satánico”. Así terminó la historia: ni demonio, ni banda de ladrones… solo otro capítulo surrealista de Sin Pelos en la Lengua.

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