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-Piden coherencia  en Cedipol
– Se les acabó su tema

DURANTE más de una década, el CEDIPOL fue presentado como un símbolo de respaldo institucional: un espacio digno para que policías y bomberos fortalecieran su condición física y, con ello, su desempeño. Se vendió como una prestación laboral, un beneficio tangible para quienes arriesgan la vida todos los días. Pero con el paso del tiempo, esa promesa se ha ido diluyendo hasta convertirse en algo muy distinto.

Hoy, el acceso a ese mismo espacio tiene precio. Una cuota mensual de 300 pesos que, en teoría, parecía menor, pero que en la práctica se ha convertido en un filtro. No es solo el cobro en sí, sino lo que representa: el rompimiento de un compromiso que en su momento fue claro —el uso gratuito para los elementos y sus familias.

El problema escala cuando ese pago deja de ser opcional y se transforma en condición. En medio del proceso de ascensos, los elementos enfrentan una disyuntiva que raya en lo absurdo: pagar o quedarse fuera. Porque ahora los exámenes físicos y médicos se realizan dentro del propio CEDIPOL, y quien no esté al corriente con la cuota simplemente no accede. Sin examen, no hay ascenso. Así de sencillo. Así de contundente.

El fondo del asunto no es solo administrativo, es ético. Se trata de utilizar una instalación concebida como prestación para condicionar el desarrollo profesional del personal. Si alrededor de 500 elementos están en este proceso, la cifra no pasa desapercibida: 150 mil pesos que entran de golpe. Más que una cuota, empieza a parecer un mecanismo de recaudación perfectamente alineado con una necesidad institucional.

La inconformidad dentro de la corporación no es menor, y tiene fundamento. No se trata de negarse a contribuir, sino de exigir coherencia. Si fue ofrecido como prestación, debe respetarse como tal. De lo contrario, lo que queda es una sensación de engaño, de reglas que cambian según convenga, y de una institución que olvida a quienes sostiene.

LA acusación lanzada por la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York no es un expediente cualquiera. El señalamiento alcanza al gobernador morenista de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, junto con una red de servidores públicos acusados de algo más que omisiones: conspiración para traficar drogas, protección a grupos criminales y beneficios económicos a cambio de poder.

Lo dicho por las autoridades estadounidenses cae de gran ayuda a Chihuahua, donde Maru estaba siendo atacada por combatir el narcotráfico con ayuda de agentes gringos.

Ahora el Gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo trata de minimizar y descalificar la acusación fuerte contra su gobernador sinaloense.

Ahora salen con el argumento de “no hay pruebas” y se ha convertido en un escudo recurrente. Sin embargo, el hecho de que un fiscal federal en Estados Unidos formalice una acusación de este calibre —con posibles consecuencias de cadena perpetua— no es un movimiento improvisado.

Y mientras el debate se centra en si es un ataque político o una acción judicial, lo que queda en segundo plano es lo esencial: la ciudadanía sigue atrapada entre dos narrativas, sin certezas, sin transparencia y, sobre todo, sin respuestas.

 

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