En una ciudad, el espacio rara vez tiene un solo propósito. Una cafetería puede convertirse en lugar de trabajo durante la mañana. Una plaza recibe a quienes cruzan camino a la oficina, a familias por la tarde y a grupos de amigos al caer la noche. Un hotel puede alojar a viajeros, recibir reuniones, servir comidas o proporcionar un lugar tranquilo durante unas horas.
Sin embargo, buena parte de la ciudad sigue funcionando con una idea bastante rígida del tiempo. Hay espacios disponibles, pero no necesariamente cuando alguien los necesita.
Esa diferencia entre tener espacio y poder utilizarlo adquiere mayor importancia a medida que las ciudades crecen y cambian las rutinas de quienes viven en ellas.
Una población cada vez más urbana
México ofrece una buena perspectiva de la escala de este cambio. Un análisis del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) identificó 410 ciudades dentro del sistema urbano nacional en 2020. En ellas vivían alrededor de 92.7 millones de personas, equivalentes al 73.5% de la población del país.
Esto no significa que todas las ciudades mexicanas funcionen de la misma manera. Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara y otras zonas urbanas tienen dimensiones, densidades y dinámicas muy distintas. Lo que comparten es la necesidad de que la infraestructura existente responda a formas de vida que no siempre encajan en horarios tradicionales.
El trabajo híbrido es un ejemplo evidente. También lo son los espacios de coworking, los horarios extendidos de algunos comercios y los servicios que pueden reservarse cuando se necesitan.
En todos esos casos, la pregunta empieza a cambiar. En lugar de pensar únicamente qué espacios necesita una ciudad, también vale la pena preguntarse cuándo pueden utilizarse los que ya existen.
El valor de un espacio también depende del tiempo
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos aborda precisamente esta cuestión en su informe de 2026 sobre espacios comunitarios adaptables. Entre las áreas que pueden contribuir a mejores resultados urbanos, la OCDE identifica la adaptabilidad temporal: la capacidad de responder a distintas necesidades a medida que cambian las circunstancias.
El concepto puede extenderse más allá del espacio público.
Una oficina vacía después de la jornada laboral sigue siendo una oficina. Un restaurante entre servicios conserva sus mesas, cocina e instalaciones. Una habitación de hotel que no está ocupada durante una parte del día sigue teniendo cama, baño, escritorio y privacidad.
La infraestructura no desaparece cuando termina su uso tradicional. Lo que cambia es quién puede acceder a ella y cuándo.
Los hoteles muestran bien esa diferencia
La hotelería ofrece un ejemplo particularmente claro porque su producto principal se ha estructurado tradicionalmente alrededor de la noche.
El huésped llega por la tarde, utiliza una habitación y sale a la mañana siguiente. Ese modelo sigue teniendo sentido para quien necesita alojamiento, pero no describe todas las razones por las que una persona puede necesitar una habitación.
Alguien puede tener varias horas entre un vuelo y otro. Otra persona puede necesitar privacidad para trabajar antes de una reunión. Una pareja puede querer descansar durante una tarde sin organizar un viaje completo. Incluso un viajero que llega temprano a una ciudad puede necesitar un lugar mucho antes del horario habitual de entrada.
Al mismo tiempo, la disponibilidad hotelera varía. El sistema oficial DataTur de la Secretaría de Turismo mide esa relación mediante los cuartos disponibles, los cuartos ocupados y el porcentaje de ocupación.
En enero de 2026, por ejemplo, los destinos monitoreados por DataTur registraron un promedio diario de 459,519 cuartos disponibles y 265,231 ocupados, para una ocupación de 57.7%.
Eso no convierte cada habitación disponible en una oportunidad automática. Los hoteles necesitan tiempo para limpieza, mantenimiento y operación; además de que la demanda cambia según el destino y la temporada. Pero sí ayuda a mostrar una característica importante de este tipo de infraestructura: su utilización cambia a lo largo del tiempo.
Esa lógica también empieza a verse en la hotelería. HotelsByDay, por ejemplo, permite reservar habitaciones sin necesidad de contratar una noche completa. Entre las opciones disponibles se encuentran hoteles por horas para quienes necesitan un espacio durante una parte concreta del día.
Es un cambio pequeño en apariencia. El edificio es el mismo, la habitación es la misma y muchos de los servicios también. Lo que cambia es el periodo durante el cual alguien puede utilizarlos.
Una ciudad más flexible no necesita construirse desde cero
Las ciudades seguirán necesitando nuevas viviendas, transporte, hoteles, oficinas y espacios públicos. Un mejor uso de lo existente no sustituye esa inversión.
Pero ambas ideas pueden convivir.
Parte de la evolución urbana consiste en construir lo que hace falta. Otra parte consiste en observar lo que ya existe y preguntarse si las reglas que determinan su uso siguen teniendo sentido.
En algunos casos, la respuesta puede ser ampliar horarios. En otros, compartir un espacio entre diferentes actividades, transformar temporalmente su función o permitir reservas durante periodos que antes no estaban disponibles para ese uso.
La propia OCDE señala que la adaptabilidad puede ayudar a que los espacios respondan a necesidades locales cambiantes. No todos los espacios pueden ni deben estar disponibles todo el tiempo, pero tampoco tienen por qué permanecer atados a un único uso y un único horario.
Quizá por eso una de las preguntas más interesantes sobre el futuro de las ciudades no sea solamente cuánto espacio tienen.
También es cuándo podemos usarlo.

