«Estos dos años han sido desesperantes, como una pesadilla que estamos viviendo. Cada día que despertamos y vemos su cama, sus cosas, es como estar muriendo en vida», dijo a Efe Hilda Legideño, madre de Jorge Antonio, de tan solo 20 años cuando desapareció el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, en el sureño estado de Guerrero.

Jorge Antonio fue uno de los protagonistas involuntarios de esta tragedia que marcó la historia de México y se fue dejando una niña de tres años y el deseo de convertirse en maestro estudiando en la Normal «Raúl Isidro Burgos» de Ayotzinapa, que forma docentes para comunidades rurales.

«Él era muy travieso, muy inquieto. Le pusieron el apodo del Niño porque tiene la facilidad de convivir con todo el mundo», recuerda hoy Hilda, madre de tres hijos y abuela.

El testimonio de Hilda es parecido a la de la mayoría de padres de Iguala, en su mayoría gente de pocos recursos y de zonas desfavorecidas del empobrecido y violento estado de Guerrero que, dos años después del suceso, han abandonado lo poco que tenían para exigir verdad y justicia.

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